VIAJE A


31 DE JULIO AL 21 DE AGOSTO DE 2002

     ITINERARIO

INFORMACION GENERAL SOBRE TANZANIA
31-07 VUELO BARCELONA - ZURICH - NAIROBI
01-08 NAIROBI - ARUSHA
02-08 ARUSHA - TARANGUIRE
04-08 MTO WA MBU
05-08 LAGO MANYARA
06-08DE MTO WA MBU A SERENGUETI
07-08SERENGETI
09-08 SERENGETI GNORONGORO
10-08 CRATER GNORONGORO
11-08 LAGO EYASI (Tribu Datooga)
12-08 TRIBU HADZABE
13-08 ARUSHA
14-08 ARUSHA - DAR ES SALAM - ZANZIBAR
15-08 ZANZIBAR
19-08 ZANZIBAR - DAR ES SALAM
20-08 VUELO DAR ES SALAM - ZURICH - BARCELONA

 

NAIROBI (KENYA)
El viaje de ida a Nairobi no fue tan mal después de todo.Tuvimos la suerte de que nos ofrecieran ir en Business class a precio de turista- una de aquellas cosas que pasan solo una vez en la vida-, y entre las continuas idas y venidas de las azafatas ofreciendo vino, champagne, y menu a la carta, casi se me olvidó el miedo a volar. Parece que si uno va en Business el avión no tiene por que estrellarse, o al menos así decidí pensar yo durante el trayecto.

Nairobi. Aeropuerto. Bajamos todos del avión y como borregos , todos los mzungus pasamos por aduanas. No es tan cutre como el aeropuerto de denpasar, Bali, pero casi. Todo parece sucio, a pesar de que cada hora aproximadamente pasan las señoras de la limpieza. En uno de los mostradores, Xavi y yo nos hacemos sitio y cogemos la tarjeta de inmigración que rellenamos como podemos, sin sitio alguno en el que apoyarse. La cola de gente no es muy larga, pero el proceso es lento: pasar por el mostrador para que te sellen el pasaporte y pagar los 20 dolares del visado lleva una eternidad. Paciencia, me digo, esto es Africa, y es solo el comienzo. Con los dias me daré cuenta de que cualquier transacción que quieras hacer lleva su tiempo en Africa, y al fin y al cabo, tampoco tenemos prisa: estamos de vacaciones.

Con las maletas y el visado en regla nos dirigimos ya a “arrivals”. De lejos divisamos a Roger, el guía de Kananga que nos estuvo asesorando los dias anteriores al viaje. Pasará con nosotros unos cuantos dias antes de que llegue su propio grupo. En la agencia, cuatro dias antes de partir nos confesó que estaba acongojado por el viaje; no nos atrevimos a preguntarle porque, y por esa razón tampoco nosotros empezamos el viaje demasiado tranquilos. Roger nos iba recibiendo a medida que llegabamos y nos mandaba fuera del aeropuerto donde estaba Andreu- nuestro guía- esperándonos con el camión.

Allí fuera vimos a casi todos los que iban a formar parte de nuestro grupo- aun faltaban unos pocos por llegar y a Andreu cargando nuestras mochilas en un camión de aspecto desolador que parecía iba a desvencijarse en cualquier momento. En su parte trasera, lucía una rueda de recambio enorme con el lema poco tranquilizador “Don´t worry , be happy”. Las caras de todos nosotros no podían ser más expresivas: miradas que reflejaban incredulidad al tiempo que sed de emociones y aventura. Y así, con esas caras, nos pusimos en marcha en un camión medio destartalado que se dirigía hacia la frontera.

El trayecto hasta la frontera fue bastante silencioso. De vez en cuando Andreu nos explicaba algunas cosas del país, pero entre los nervios por llegar a nuestro destino y el frio que hacía aquel dia, creo que pocos le hicimos caso, y poco a poco su voz fue apagandose hasta que el unico sonido que reinaba entre nosotros era el del ensordecedor motor del camión. El día tampoco acompañaba: me imaginaba un Africa luminosa y calurosa; esperaba salir del aeropuerto y sentir esa sensación de ahogo y humedad que se te mete en el cuerpo que esperas tener cuando vas a un país del que se dice que hace mucho calor. En cambio, aterrizamos en un Africa fría y lluviosa, un Africa gris que pareció tirar por los suelos toda la ilusión del viaje.

La primera parada que hicimos fue en el mismo Nairobi, donde nos esperaba un copioso desayuno a base de tostadas, huevos, salchichas, mantequilla y mermelada, además de zumo de naranja, té, café y frutas de varios tipos. Estabamos todos saturados de la comida del avión y no teniamos mucha hambre, pero la perspectiva de tener que esperar un buen rato para volver a ponernos en marcha y el consejo de Andreu de “Comer ahora que podeis” nos convenció, y comimos un poco de todo. 

Nos sentamos en la mesa del restaurante junto a Roger, pero poco teniamos de que hablar con él, al menos al principio, asi que nada más acabar el desayuno fuimos deambulando por las distintas mesas y finalmente fuimos a dar una vuelta junto con  algunos del grupo por los alrededores del restaurante. Dos horas después, nos poniamos de nuevo en marcha.

Una vez en la frontera, Andreu bajo primero y despues nos hizo bajar a todos para rellenar de nuevo una tarjeta amarilla- o verde, ya no recuerdo- y pagar el visado de Tanzania, que corría a cuenta de la agencia de viajes. Bajé del camión, tarea dificil en los primeros dias, pues estaba muy alto y uno no sabía muy bien a donde agarrarse; y mientras bajaba note una mano tendida para ayudarme a bajar. Justo cuando iba a asirme a esa mano, se me ocurrió mirar de donde procedía y entonces vi al primero de los muchos, muchisimos Maasai que iriamos encontrando a lo largo del viaje. Era un hombre que parecia muy mayor, aunque dadas las epectativas de vida de ese país, no tendría más de cincuenta años. Sus dientes estaban todos descolocados como a proposito, su piel era oscura y de aspecto gastado, sin serlo me recordó a la piel de los elefantes. Había leído que los Maasai  piden dinero por cualquier cosa – por hacerles fotos, por ayudarte- así que rápidamente aparte mi mano de la suya , bajé en cuestion de segundos del camión y me uní al resto del grupo en la oficina de la frontera. 

Alí, nuestro conductor , me ayudó a contestar un par de preguntas que no entendía, aunque en el fondo poca importancia tiene lo que pongas en esos cuestionarios porque nunca se los leen. Parece una manera formal de hacerte perder el tiempo, quizas para que te vayas adaptando a las esperas y a los tiempos muertos del que gozan todos en este país.

Subimos de nuevo todos al camión , y Andreu le dió todos los pasaportes a un chico del grupo. Decidió ir cantando los nombres de los pasaportes en voz alta para así irnos conociendo poco a poco, cosa que a todos nos parecio buena idea, pues entre pitos y flautas no había tenido lugar ningun tipo de presentaciones entre nosotros. Así, el chico fue diciendo nuestros nombres y así descubrí con sorpresa que pocos estan contentos de su propio nombre: Ricardo se hace llamar Ricart; Isabel prefiere Isa; Antonia será Toni para nosotros; Jose Ignacio, Iñaki y así con muchos de los nombres del grupo. Cuando dijeron Jessica, respondí con un orgulloso “yo”, y me sentí feliz por tener un nombre de mi propio gusto.

El viaje hasta Arusha fue bastante duro para todos. Hacía frio y viento, y las nubes no acababan de dejar ver ese sol de Africa al que todos deseabamos divisar. El traqueteo del camión incómodo, el cansancio de un largo viaje en avión y el frio hacian que se eternizase más todavia el trayecto. Xavi y yo acabamos tapándonos con la manta del avión que robé de la clase Business para imprevistos, pero aun así no era suficiente, aunque al final nos resignamos. Hicimos una primera parada para hacer nuestras necesidades: las chicas a un lado de la carretera y los chicos al otro, como en las colonias. Compartir kleenex para limpiarnos fue nuestra primera muestra de acercamiento entre las chicas, y a lo largo del viaje nos ibamos a ver en la misma situación muchas, pero que muchas veces. Antes de subir al camión de nuevo, se acercó a Xavi y a mi un chico y se nos presentó: se llamaba Amado y venía de Madrid con su hermano Iñaki y su “cuñada” Toni. La conversación no duró mucho, pues Andreu ya nos instaba a que subiesemos rápido, y la cosa quedó ahí, aunque de entrada Amado me dio muy buen rollo.

Paramos de nuevo para comer. Ninguno de nosotros tenía hambre despues del abundante desayuno, y comimos bastante a desgana, sensación que no desapareció hasta el tercer día del viaje aproximadamente. La comida la hicimos en un restaurante de carretera, con sus paradas de souvenir y musica reggae de fondo. Unos servían, otros repartían los platos y cubiertos y otros contaban el número de bebidas para pedirlos al camarero. Ese fue nuestro primer contacto con la cerveza de Africa: la Kilimanjaro, o Kili, como la llaman ellos. Es curioso pero en los viajes de vacaciones siempre bebemos mucha cerveza; tal vez sea porque es mucho más suave que las nuestras, y a pesar de que las botellas son de medio litro, entran bien y no te cansas de ellas. Compartí mi Kili con Amado, aunque sería la ultima cerveza compartida, pues en adelante, cada uno pedía una entera para sí. 

Nos dieron ensalada de pasta, huevos duros, pollo frío y fruta, todo preparado por el que iba a ser nuestro cocinero, Ahmmad, el de cuerpo opulento y pestañas lentas en su parpadeo. Esta dieta sería la tónica del viaje, y por lo visto es un plato muy tipico de esas tierras.

ARUSHA
Por fin, llegamos a nuestro primer destino de acampada: Arusha. El camping iba a ser de lo mejorcito que íbamos a tener, con buenas infraestructuras, agua caliente e incluso un bar con mesas y un futbolin para los ratos de ocio. Andreu dice que siempre es mejor que la gente se vaya integrando poco a poco en Africa, porque de esta forma el golpe no es tan fuerte. Descargamos las mochilas colocándonos todos nosotros en cadena hasta nuestra área de acampada, y después bajamos las tiendas de campaña del camión. Andreu y Roger nos mostraron cómo montar las tiendas de forma bastante rápida, y en cuestion de 10 minutos más o menos ya teníamos la paradita a punto. Algunos se fueron a duchar, y el resto nos dirigimos al bar del camping donde estuvimos matando el tiempo hasta la hora de cenar. Después de rociarnos de Relec de arriba abajo en previsión de los anófeles de la malaria, empezamos a jugar al UNO en una mesa del bar. Se trataba de nuestro primer contacto real con los del grupo, pues hasta entonces tan solo habíamos cruzado cuatro frases con ellos, y ni siquiera lograbamos recordar nuestros nombres. Las cartas son un buen pretexto para empezar a conocerse, pues broma por aqui, broma por allá, se acaba rompiendo el hielo de forma muy natural. Supongo que el hecho de estar en un mundo totalmente ajeno al nuestro y encontrar una tarea que llevar a cabo en común une de forma mucho más rápida; y de esta forma empecé a asociar caras con nombres por primera vez.

Antes de cenar , algunos del grupo trajeron las guías de Zanzibar al bar y empezaron a preguntar a los demás qué habíamos planeado para los cinco últimos días en Zanzibar. Los había de dos pareceres: unos tenían ya todas las reservas hechas ( e incluso algunos tenian el billete para volar en avión) , mientras que los otros habíamos decidido improvisar una vez allí. El primer grupo insistió en que podríamos reservar ya de una vez todos juntos , pues quizás nos saldría más barato y así nos evitaríamos problemas a la hora de buscar alojamiento de ultima hora, pero a Xavi y a mi nos agobiaba la idea de decidir pasar los cinco ultimos dias con un grupo de gente del que apenas sabíamos sus nombres, así que nosotros y tres o cuatro más nos opusimos a realizar las reservas ya. Y ahí se zanjó el tema.

La cena – pizzas y varios platos al estilo mexicano ( “ muy africano”)- como todo en Africa llevó su tiempo, con lo que fuimos pidiendo Kilis y al poco rato ya empezaban a hacer su efecto en mí. Cenamos bastante rápido y, agotados, nos fuimos todos a dormir.

DIA 2. ARUSHA- TARANGUIRE
Nos levantamos a las 6.30 aproximadamente para salir hacia Taranguire, pero antes debíamos ir a cambiar dinero en Arusha y Andreu tenía aún que hacer algunas compras de última hora, pues había sufrido percances con el camión el dia antes de nuestra llegada y no había tenido tiempo de hacerlas.  Así que nos dividimos en dos grupos y fuimos a cambiar. Supongo que las calles de cualquier país de lo que llamamos tercer Mundo son siempre más o menos parecidas, por lo menos las de las ciudades turísticas. Y Arusha lo era: nada más bajar del camión una multiud de gente se nos echo encima con sus innumerables souvenirs para endiñarnos alguno. Lo que cambia según el pais es el saludo y en Africa el saludo por excelencia es Jambo, aunque para los que llevan más tiempo allí la cosa no queda ahí. Andreu nos explicó que las salutaciones entre dos personas del pais pueden llevar hasta cinco minutos de tiempo. Primero dicen Jambo (en swahili significa Hola), y tu contestas Jambo igual. Entonces te dicen Habari? ( Como estas?) y contestas Mzuri ( Bien); luego te vuelven a preguntar Mambo? (Que tal?) y contestas Poa (Guay) o Safi (bien), y finalmente te preguntan como estabas ayer , y cómo estaba tu familia, y que tal te fue la semana pasada, hasta que finalmente se entra en la conversación en sí. Si eres nativo o llevas tiempo viviendo en Africa, no seguir esta larga retahila de saludos es hacer un feo al projimo. 

Pero en lo que se refiere a la actitud de los  nativos respecto a los turistas – o sea, nosotros- las formalidades se dejan a un lado, y despues del mítico “Jambo” , empiezan a marearte con sus productos. Lo que debes hacer si no quieres comprar es pasar de largo sin más, y en todo caso responder con un saludo y marcharte. El peligro está cuando decides pararte ni que sea por un momento, porque entonces  te acechan no uno sino cuatro o cinco chicos con sus telas pintadas a la cera , o sus figuras esculpidas en ébano, o sus kangas de Maasai  color rojo intenso y no te dejan marchar hasta que les compras algo. “To look is for free!!!Just have a look!Just have a look!”... Nada, dos piedras;  si quieres sobrevivir, largate lo más rápido posible. 

Más tarde Andreu nos diría que una forma elegante de rechazar sus productos es decirles con una sonrisa en los labios “Kesho”, que significa “mañana”. Los Maasai  no creen en el mañana y decirles Kesho es una forma elegante de decirles que nunca les vas a comprar. De hecho, dicen que los únicos africanos que no pudieron ser esclavizados durante las épocas de la colonización fueron los Maasai, pues al no tener otro concepto de vida que el del presente acababan muriendo de pena y no servían para trabajar como esaclavos. Encierra a un Maasai  en una celda y no tardará en morir de tristeza...

El caso es que puse en practica el consejo de Andreu cuando días más tarde volvimos a Arusha, pero a los africanos no parecía hacerles mucha gracia que les dijera Kesho, y alguno de ellos hizo evidentes muestras  de enfado, así que finalmente volvi a mi táctica inicial de decir “Hapana, asante”, que queda menos lugareño,pero por lo menos no me metia en problemas tontos.

Varias horas después de deambular por las calles de Arusha, nos pusimos en marcha, pero no más de diez minutos más tarde de salir, hicimos de nuevo una parada para comprar botellas de agua. Andreu nos dijo que ellos llevaban agua potabilizada en el camión, y que no sabía mal del todo, pero todos nos sentiamos aun demasiado señoritos y preferimos hacer un fondo comun para comprar agua embotellada para todo el viaje. 

Durante esta parada, permanecimos todos en el camión, y claro, al estar inmovilizados eramos el blanco perfecto para los vendedores ambulantes: que si telas, que si frutas, que si mil cosas que trataban de vendernos desde los lados y la parte posterior del camión. Una mujer oronda se acercó a nosotros con una cesta llena de frutas sobre su cabeza. Iba vestida con ropajes de colores muy vivos, como casi todas las mujeres africanas (a excepción de las musulmanas que vimos en Zanzíbar).  La imagen era de lo más bonito: aquella mujer con la fruta, con todos esos colores y la carretera llena de gente al fondo; asi que decidimos hacerle una foto, pero claro, en Africa tienes que pagar a las personas para que se dejen fotografiar. In situ, te parece un robo que te pidan dinero por una foto, pero luego, desde la distancia, te pones en su lugar y resulta hasta grotesca la simple idea de que un turista , en tu propio pais , te pida permiso para fotografiarte. El caso es que Amado rebuscó en sus bolsillos y el poco dinero suelto que tenía se lo dio para la foto. Ella posó, e inmediatamente tres, cuatro, cinco clicks sonaron desde dentro del camión. Pero Amado quería todavía una foto más, esta vez, posando junto a la mujer oronda, así que como pudo bajó del camión, posó ( varios clicks de fondo) y volvió a subir, hiriendose la mano con un corte en el intento. Ya nos ibamos.

La siguiente parada fue en un bar bastante turístico ( aunque , a decir verdad, eramos los unicos clientes en ese momento) a medio camino de Taranguire. El bar estaba decorado con fotos de turistas , algunos solos, otros en compañia de africanos, y algunos junto a las piezas de caza que debían haberse cobrado. De las vigas del bar colgaban billetes de los diferentes paises del mundo, y en un extremo un cocodrilo disecado y con la boca abierta pendía del techo. El lugar era algo estrafalario, pero a todo le veiamos encanto: estabamos en Africa, al fin y al cabo. 

Fuimos a pedir una cerveza y pedimos Kili, como de costumbre, pero el camarero explicó que así como la Kili es para las mujeres por tener menos graduación, los hombres, los hombres de verdad piden Safari, que es más fuerte; así que nuestros hombres de verdad pidieron Safari, pero por lo visto no les debió gustar mucho, pues en adelante seguirían pidiendo Kili.

Pagar en Tanzania es muy dificil. Habiamos ido a Arusha a cambiar dinero, y nos habian cambiado dólares por chelines Tanzanos en billetes de cinco y diez mil. Diez mil chelines equivalen a diez euros, con lo cual uno no espera encontrarse con problemas a la hora de recibir cambio. Pero sí que los tienes. Los billetes de diez mil casi no se usan, y en su lugar se pagan con billetes de mil y cinco mil que prácticamente se te deshacen en las manos de lo usados que están; así que más de una vez tuvimos que quedarnos a dos velas y con sed porque en el bar no disponian de suficiente cambio...

Después de comer, Andreu nos ofreció la posibilidad de visitar un museo de serpientes que se hallaba al lado del bar, así que unos cuantos aceptamos. Intentamos regatear el precio para grupo a la entrada del museo, pero la mujer de la taquilla se mostraba firme y los mzungus pagamos el precio pactado para un mzungu. Por el módico precio de 3000 schillings teniamos derecho a una visita guiada que duró aproximadamente una hora. La visita fue algo soporífera, no tanto por el guía indígena, sino por el nuestro propio, Andreu , que con sus traducciones medio simultaneas adormecía hasta a los cocodrilos; así que aquellos que entendiamos inglés nos acabamos aburriendo de la traducción y adelantamos al grupo, acabando la visita mucho antes que el resto pero sin otro remedio que esperar a que acabasen ellos ,pues no podiamos salir solos. Así que nos chupamos la visita casi por duplicado, y quizas lo unico interesante que saqué de ella fue la historia de la Bamba.

La Bamba Negra, o serpiente de los siete pasos es una serpiente tan mortífera que después de ser mordido por ella siete pasos son los máximos que puedes dar antes de caer muerto. Existen muchas Bambas en Africa, y especialmente en Tanzania, o eso nos dijo el guia para captar nuestra atencion, no lo se. El caso es que dias mas tarde, unos niños de un poblado nos mostrarian una Bamba muerta, y que la sombra de la Bamba nos acecharía días más tarde en Zanzíbar...pero eso es otra historia.

El final de la visita fue lo que más disfruté, pues era la parte práctica, y tuve la oportunidad de coger una serpiente – eso sí, bastante pequeña- y sentir su textura con mis dedos. Siempre me han fascinado las serpientes: su textura, su color, sus escamas, su forma de reptar, todo ello hacen de las serpientes unos animales que me inspiran atracción y temor al mismo tiempo, y el poder gozar de su tacto por unos segundos fue una gran satisfacción para mí.

Acabamos nuestro trayecto del día en Kigongoni, un camping próximo al Parque Nacional del Taranguire, al cual nos dirigiriamos al dia siguiente.

Poco a poco, con la entrada al Taranguire, nos ibamos haciendo a la idea de lo que iba a ser nuestro viaje. Cada alto que hacíamos en el camino era un poco más salvaje, más autentico que lo anterior. Poco a poco, entrábamos en el Africa que esperábamos visitar, y por esta razón estábamos impacientes siempre por que llegase el dia de mañana.

Aunque el camping en si nos estaba mal del todo, se percibía ya un algo diferente del camping de Arusha. Sí, teníamos infraestructuras: un habitáculo para cocinar, un recipiente para lavar platos, duchas y lavabos. Pero las duchas ya no eran como las de antes, con agua corriente, sino que sobre ellas se postraba un enorme deposito de color negro. Contenía 500 litros de agua ( o eso decia en él) y el agua de su interior se calentaba con la acción del sol sobre el recipiente negro que la contenía, y dado que desde que llegamos no vimos mas que nubes, llegamos a la conclusión de que el agua sería fria. Los labavos tampoco eran lavabos, pero llamarlos letrinas no era del todo correcto. Creo que la definición que dio Amado de ellas fue de lo más descriptiva. Dijo: “ Son como las letrinas de las prisiones, o de un campo de concentración”. Realmente su aspecto era desolador, y su olor insoportable. Cuatro estrechos habitáculos con una taza de water cada una, en lo alto de una especie de minarete al que se accedía por unas escaleras. Tomamos video de las letrinas, y no me acerque más a ellas en las dos noches que pasamos en el camping. Los que sí lo hicieron, Xavi y Amado, decidieron no volver pues decian que esas letrinas tenían “vida nocturna”; es decir, que montones de cucarachas corrían por ellas a sus anchas. Así que nuestras letrinas del camping fue cualquier rincon del propio camping lejano a las letrinas.

Con las tiendas montadas y a fin de hacer tiempo hasta la hora de cenar, Roger nos llevó a dar un paseo por los alrededores. Son muchos los dias de viaje y pocas las ocasiones para caminar, pues casi todo el recorrido se hace en camión; por ello los guías montan salidas como la que hicimos a fin de hacernos sentir menos anquilosados por permanecer tantas horas quietos sobre el camión. 

Caminamos a los largo de la carretera durante un rato, pero el polvo irrespirable que se formaba cada vez que un land rover pasaba junto a nosotros nos decidió a desviarnos de la carretera y caminar campo a través. Las vistas no eran lo que se dice bonitas, pues el Africa que vimos en este viaje no es bonito, aunque si inmenso.La inmensidad de sus paisajes que parecen no tener fin mires a donde mires es lo que más te llama la atención de Tanzania. Paisajes casi siempre amarillentos, del color de la paja, con arbustos aqui y allá como dispuestos a libre albedrío, sin que la mano del hombre haya tenido nada que ver; paisajes que te hacen sentir diminuto al principio, pero que al instante siguiente te absorben para hacerte formar parte de ellos y sentirte grande y libre como ellos. Esa sensación simultánea de pequeñez y grandeza y ese sentimiento de libertad permanecerán con nosotros hasta el final del viaje, de vuelta a Barcelona, donde nos sentiremos como escupidos de Africa a la realidad urbana de nuestro pais...

Andreu ya nos habiá advertido: “Sobretodo, no fotografieis a los Maasai  sin antes pedirles permiso, pues si lo haceis y no les pagais se pueden enfurecer”. ¡Y vaya si se enfurecen! Yo no he visto antes un niño con una mirada tan salvaje y penetrante como la del Maasai del Taranguire. Una mirada furiosa y llena de odio propia de un adulto y nunca de un niño. Una mirada que sin mas, desapareció de su rostro para volverse hacia sus amigos y sonreirles como si nada hubiera pasado. Pero en verdad que pasé miedo. Tuve miedo de un niño, ya ves. 

Xavi estaba tomando fotografias varias del paisaje y de pronto vio un rebaño de vacas pastando. Sabiamos que no podíamos fotografiar a los Maasai, pero nadie nos habia dicho nada de sus vacas, así que Xavi les hizo una foto. Inmediatamente después un grupo de tres o cuatro niños se le acercaron gritando palabras en swahili que no acertabamos a entender, hasta que dijeron en un inglés bastante simple que querian dinero. El resto del grupo seguía caminando de vuelta al campamento y no se percató de nosotros , que estábamos con Amado y con Toni ,que, al vernos, se paró a ver que pasaba. Xavi dijo que no llevaba dinero, y yo le dí una moneda suelta que llevaba, pero por la cara de uno de ellos, no parecia ser suficiente, a pesar de que los demás parecian conformes. El Maasai nos gritaba con furia y gesticulaba continuamente quejandose, supongo, de lo poco que le habíamos dado. Amado intervino entonces: todo feliz, él, y convencido de que así zanjaría el asunto, saco de su bolsillo una moneda de Euro: “Look! One euro, is nice, eh??”. El chico miró la moneda y más furioso todavía se la devolvió. (Parece ser que los Maasai  no coleccionan euros de diferentes paises como hacen algunos europeos...)en fin, al no darle nada más , el Maasai  cogió una piedra del suelo y amenazó con arrojarla contra nosotros. Sus ojos furiosos parecián estar matandonos con la mirada, hasta que, no sé como ni porqué, el chico se calmó y se fue con sus compañeros, y nosotros aligeramos el paso todo lo que pudimos hasta unirnos al resto del grupo, que había oido gritos pero no se habia enterado de lo que pasaba. 

La caminata acabó con una foto de una puesta de sol preciosa – una de tantas que veríamos a lo largo del viaje- y con muchas risas por el altercado sufrido con el Maasai.

Ahmmad tenia la cena preparada cuando llegamos; todas sus cenas tenían la misma base: sopa de primero, hidratos de carbono de segundo y carne con salsa de tercero. La fruta era el postre más común , pero siempre nos regalaba el paladar con alguna que otra sorpresa, un dia unas crepes, otro dias pastel...en fin, que siempre acababamos con el estomago lleno. La cena transcurrió sin más sorpresa que la de la visita del Maasai Myriam.

Myriam es un Maasai  alto, de tez muy oscura , que se encargaba de vigilar nuestras tiendas por las noches, no sabemos si por posibles hurtos o por los animales que podían correr por allí, en especial las hienas. Myriam hacia su recorrido por el camping varias veces a lo largo de la noche y de vez en cuando se sentaba con nosotros a charlar con su pobre inglés y nuestro aun más pobre swahili. Andreu nos enseño el primer dia de viaje una canción típica para aprender cuatro frases de cortesia en swahili. Es la canción que cantan los turistas, ( aunque no con tanto sentimiento como nosotros, todo sea dicho), pero tambien es una canción que enseñan a los niños africanos en el colegio. La cancion dice así:

Jambo (hola)
Jambo bwana (hola señor)
Habari ghani ( Como estás?)
Mzuri sana (muy bien)
Wageni ( visitante)
Mwakari bishwa ( eres bienvenido)
Tanzani jetu ( nuestra Tanzania)
Hakuna matata( sin problemas)

La mayoria del grupo aprendió la canción y punto. Pero hubo gente como Jose, que con una facilidad increible para los idiomas, utilizaba estas cuatro frases para entablar conversación con los africanos, y poco a poco fue aumentando su vocabulario hasta el punto de que al final del viaje daba el pego y parecia que realmente sabia hablar swahili. 

Como he dicho antes, empezamos a entablar un proyecto de conversación con Myriam, pero en seguida acabamos nuestros recursos, y nos pasamos al inglés. Myriam era un tipo, como minimo, curioso. La verdad es que parecía que fuese dopado todo el tiempo, pues su forma de hablar era muy pausada y su mirada parecia perderse en el infinito constantemente. Pero era divertido intentar comunicarse con él, por lo menos al principio, porque al cabo de un rato todos estabamos cansados del sobreesfuerzo.

Myriam habia aprendido una frase en español del grupo anterior al nuestro: “Mañana por la mañana”. Lo decia lentamente , con una voz profunda, y lo decia siempre que se acercaba a nosotros saliendo de la oscuridad del camping, con lo cual producia en nosotros una sensacion de escalofrio similar a la que imagino debes sentir oyendo voces que vienen de ultratumba.

El caso es que Myriam nos hizo visitas las dos noches, y nos mostró el arco y las flechas con las que iba armado, en teoria, para protegernos. Ellos mismos se construyen sus armas, de modo que su aspecto es bastante tosco, pero por lo visto, eficiente. La mañana siguiente, Myriam nos haría una demostración de cuan lejos puede llegar el arco, y recibiría el encargo por parte de dos parejas del grupo de construir dos arcos y varia sflechas para comprarselas.¡Estos mzungus !...

DIA 4. MASAI VILLAGE- MTO WA MBU
 El camión paró frente a una aldea maasai. A lo largo de las carreteras tanzanas se divisan diferentes poblados maasai, y la mayoria de veces los niños corren desde lo lejos hacia nosotros para saludarnos. Esta vez la aldea estaba un poco camuflada por los matorrales, y Andreu bajo del camión antes que nosotros para negociar la visita. Un grupito de mujeres , de edad imprecisa, fue a recibirle, y unos minutos más tarde Andreu nos dijo que podíamos bajar del camion: “Podeis sacar cuantas fotos queráis. Hemos pagado por ello así que no pasa nada”.

Atravesamos la zona de arbustos, y por fin entramos en el poblado.

Había leído en “La maasai blanca” cómo viven los maasai, también como visten, así como las primeras impresiones de una mujer blanca al entrar en el poblado. A pesar de ello, formar parte de un escenario así, tan lejano a tu propia cultura ,es algo dificil de describir con palabras. Las mujeres se acercaron a nosotros y nos dieron la mano , y de pronto se alinearon todas frente a nosotros y empezaron a cantarnos una canción de bienvenida en swahili. Era un grupo de 8 o 10 mujeres, todas ataviadas con sus kangas de color rojo vivo y con collares y pendientes de multiples colores. Las había de todas las edades, unas bellas y otras realmente esperpénticas, y todas ellas , sonrientes , entonaban una canción en nuestro honor. La primera palabra que me viene a la cabeza es “grotesco”. Eramos conscientes de que estaban montando un numerito para los mzungus que habian pagado por ello, pero al mismo tiempo sabia que es tradición en los maasai entonar un canto de bienvenida a todo aquel que les haga una visita. No sé como explicarlo, se veia todo muy falso, muy forzado, pero en el fondo sabia que todo era autentico. Sabia que esas mujeres actuan así ante cualquier recien llegado, y que las ropas que llevaban y el lugar donde vivian eran tan reales como la vida misma, y ello te crea una sensación extraña dificil de explicar. 

A los pocos minutos de permanecer de pie observando como cantaban, empecé a sentirme incómoda por la situación: la canción no se acababa nunca y daba la sensación de que estabamos ante un espectáculo circense. La mayoria del grupo empezó a disgregarse por el poblado; unos curioseaban entre las casas, otros fotografiaban a las maasai cantando, y el resto de nosotros estuvimos con los niños maasai que se nos acercaban curiosos ante nuestras cámaras fotográficas y de video. Todo su afán era mirar a través del objetivo, y entonces se apartaban de el con cara de sorpresa , te miraban a tí como interrogándote y volvían a echar una ultima ojeada al objetivo. Detras de cada niño hacían cola varios más para poder ver las cámaras.

Dice Andreu que es facil saber si has ido a parar a un sitio turistico en Africa por la reaccion de los niños al verte. Depende de la cantidad de mzungus que hayan recibido en su poblado, su cara será de más o menos sorpresa. Creo que estos críos no habian recibido muchas visitas, quizas tan solo las de los grupos de Andreu al juzgar por sus rostros al vernos a nosotros.Puede que su poblado estuviese demasiado escondido de la carrera para recibir muchas visitas.

Curioseamos por el poblado durante un buen rato.Y entramos también en una de sus casas. Las casas maasai, llamadas manyattas, estan hechas de paja y estiercol. Primero construyen la base con cañas y los huecos que quedan los rellenan con las heces de las vacas y cabras. Como el olor es muy fuerte al principio, deben esperar aproximadamente un mes antes de entrar a vivir en ellas, de forma que el estiercol ya se ha secado y no apesta tanto.

Su interior es muy, muy pequeño, quizas de dos por dos metros, aunque algunas manyattas son todavia mas pequeñas. Por dentro es muy oscuro y el olor es muy fuerte , ya que en el interior de la manyatta tienen una pequeña fogata en la que cocinan y que esta constantemente encendida para ahuyentar a los mosquitos. Esta mezcla de olor a heces y a quemado sirve también para ahuyentar a los leones , que relacionan el olor con los maasai que desde siempre les han atacado a pedradas. 

La casa se divide en dos zonas: una para el hombre y otra para la mujer. Sus lechos de descanso estan separados, y como dice Andreu no duermen juntos pero se hacen visitas nocturnas. 

Los maasai se alimentan basicamente de leche y sangre de sus reses. Practican un corte en el animal y extraen la sangre que necesitan, dejando despues que la herida cicatrice, y para darle tiempo, nunca hieren al mismo animal dos veces seguidas,sigo que van seleccionando un animal diferente cada vez. Cocinan la sangre en una especie de cuencos hasta que esta toma un aspecto mas o menos compacto, y entonces se la comen.

Los hombre maasai, cuando llegan a la pubertad, y despues de haber sido circuncidados,  pasan por un dificil rito de iniciación que dura varios dias. Cambian sus rojos ropajes por unos de color negro, y decoran sus rostros con pinturas blancas. Durante el periodo de iniciacion pasan por diferentes pruebas, la mas dificil de las cuales es quizas matar a un león o animal grande y fiero. Nos explicaron que la cosa funciona de la siguiente manera: uno de ellos se aproxima a un león para ser atacado por él, y en el momento que esta va a saltar sobre el maasai, el resto del grupo le ataca con lanzas hasta matarlo, con suerte, antes de que mate a su compañero. Cuando el periodo de iniciación ha finalizado, las cabezas de los maasai son afeitadas y emprenden entonces una danza enérgica llamada empatía en la que demuestran que a pesar de haber perdido el cabello, no han perdido su vigor.

Antes del periodo de iniciación, los maasai pueden tener relaciones con chicas no circunsisas, pero, una vez han sido iniciados ya no podran tener relaciones hasta que se casen con una mujer madura y circuncisa en la pubertad. Los maasai pueden tener más de una esposa siempre que sus “ahorros” se lo permitan, pues por cada mujer que tomen , deberan pagar una vaca al padre de la novia.

Nos ibamos ya del poblado cuando una mujer de aspecto anciano ( aunque no debia tener mas de 40 años) y con la dentadura totalmente desencajada se acercó a mi y me habló. Yo no entendía nada y ella no hablaba nada de inglés,con lo cual y suponiendo que me pedia dinero o que le comprase algun collar, decidi ignorarla y seguir adelante. Pero la mujer suplicaba con la mirada y no me dejaba marchar, asi que finalmente llamé a Andreu para que me tradujese: estaba pidiendo algun tipo de medicina para sus ojos, que estaban totalmente rojos por el polvo y se veian infectados y con legañas. Uno de los enfermeros del grupo, Alfredo, fua al camión a buscar colirio y Andreu le puso las gotas, que no llevaban antibiótico pero por lo menos le aliviaría un poquito el escozor. La mujer se mostró muy agradecida y su mirada ya no era tan triste como momentos antes lo habia sido. Nos marchamos del poblado maasai, dejando atras una experiencia que , aunque interesante, no teníamos claro si nos había gustado o no.

Mto wa Mbu en swahili significa “Rio de mosquitos”, y allí es donde acampamos las dos noches siguientes. Alquilamos dos habitaciones en el pueblo, una para los equipajes de los chicos y otra para el de las chicas. Nosotros acampamos fuera con las tiendas al lado de una piscina que habia llenado el dia antes especialmente para nosotros. Era media mañana y hacia mucho calor, asi que algunos del grupo nos dimos un refrescante chapuzon y aprovechamos para hacer unos largos. Después de comer y de lavar ropa sucia, empezamos la visita al poblado.

Ningun lugar de Tanzania reune tantas tribus juntas en convivencia como Mto wa mbu, y la mayoria de esas tribus continuan manteniendo sus propias tradiciones , respetando siempre las de sus vecinos. El area de Mto wa Mbu habia sido durante los años 50 un lugar poco fertil y con una poblacion muy pobre, pero con el tiempo se han ido creando metodos de irrigacion de forma que la gente puede ahora cultivar muchos productos y poco a poco el agua está llegando a distintos lugares del poblado. El promotor de esta tarea y también guia oficial de las visitas se llama Wesley, y es un hombre de treinta y tantos, de aspecto regordete. Le acompañaba en la visita un chico mucho más joven, apuesto, llamado Abraham. Wesley, nos dijo Andreu, esta enseñando a otros hombres del poblado como manejar todo, de forma que cuando él ya no esté aqui, la tarea continue. 

En Mto wa mbu trabajan como en una cooperativa y la regla numero uno del poblado es no aceptar mendicidad. Al principio de la visita nos pidieron por favor que no regalasemos nada a los niños, ni siquiera si nos pedian un caramelo, un libro o un boligrafo, pues si se acostumbran a pedir y la gente les regala cosas, estos crios no se acostumbraran nunca a trabajar para vivir. La gente de Mto wa Mbu trabaja y vende sus productos y de esta forma aprender a mantenerse por si mismos.

La primera parada de la visita fue a la tienda de un curandero. Sus productos estaban esparcidos por el suelo y Abraham nos iba explicando los usos de cada uno. Casi todas las medicinas estaban hechas con extractos de hierbas de todo tipo, y tenian curas para la hipertension, para las picaduras de serpiente e incluso para la malaria.

Paseamos despues por una plantación de bananas enormes,  cuyas hojas son utilizadas por las mujeres para hacer cajas de adorno. Abraham nos hablo de una flor blanca que crece cerca de las bananeras y que los hombres regalan a las mujeres para desearles buena suerte. Seguimos paseando y de pronto Abraham se acercó a mi y me dió una de esas flores “For you”, dijo; y yo me quedé con la flor en la mano, boquiabierta y sin saber muy bien que es lo que tenia que hacer con ella. Le di las gracias y Abraham se alejó de mi tan sigilosamente como habia venido. Durante el paseo miré atras y vi como un grupo de niños que cada vez iba aumentando en numero nos seguia a cierta distancia. Parecia que quisieran acercarse más pero no acababan de atreverse, al menos de momento...

Nos mostraron también cómo recolectan el arroz y como lo sacan de su cascarón antes de cocinarlo. Con un palo que tenia aspecto de bate golpeaban con un ritmo asombroso una cubeta de piedra repleta de granos de arroz. Algunos del grupo fueron invitados a intentar hacerlo, mientras otros observabamos. De pronto, Abraham dijo: “Que lo intente Jessica”. Yo creía no haber oido bien, pero todo el grupo se giró hacia mí, y a pesar de mi vergüenza más grande, no tuve más remedio que hacer el numerito para contentar a todos. ¿Como sabia Abraham mi nombre?

 ¡ Yo ni siquiera habia hablado con él ! Cuando crei que ya había atizado bastante al arroz , deje el “bate” y volvi hacia el grupo. Hacía calor , asi que me quite el pañuelo que llevaba en la cabeza, y de pronto me vi rodeada de un montón de niñas preciasas, todas con sus capellos rapados al uno, y ataviadas con sus mejores vestidos, pues era domingo y por tanto debía arreglarse para ir a la Iglesia. Todas ellas me observaban maravilladas y tres o cuatro manos diferentes empezaron a sobarme el pelo con mucho afán. Con lo maniática que soy yo, es de imaginar que me picaba todo, y que al principio no pensaba más en llegar al camping para pegarme una larga ducha. “Mzuri sana!, Mzuri sana!” , repetian una y otra vez entre risas. Unas llamaban a otras , y todas ellas me tocaban el pelo sonrientes diciendo en swahili que les gustaba mucho. ..

...Y ya no pude separarme de ellas. Después del shock del primer momento, mis sentimientos de rechazo desaparecieron, y todo cambió para mi. Me vi de pronto con las dos manos ocupadas, una niña a cada lado asiendome la mano, a la vez que ellas cogían a otras niñas. No me enteré de nada del resto de la visita, ni siquiera podía oir al resto del grupo cuando se dirigia a mí, es como si de pronto hubiera caido bajo un hechizo y estuviese por encima de todo y de todos en un mundo totalmente irreal pero maravilloso. Esas niñas que me acompañaron durante todo el trayecto, trataban de comunicarse conmigo con el poco inglés que habian aprendido en el colegio, y yo con ellas con las cuatro frases que aprendi del swahili; me cantaban canciones en inglés, la mayoria de las cuales eran oraciones cristianas, y cantaron lo que despues averigüé era el himno de Tanzania. Yo solo recuerdo que al oirlas se me puso la piel de gallina, y que cada vez que me soltaba de la mano de alguna de ellas por alguna razon, sus ojos me miraban interrogativos e inmediatamente me volvian a ofrecer su mano. No se cuanto duró el paseo, ni siquiera se a donde fuimos, solo se que con esas niñitas a mi lado me sentia flotar en una nube de felicidad, y que probablemente esa misma sensación no la vuelva a tener más en mi vida.

Entretanto, Abraham y Wesley proseguían la visita, y por lo visto hicieron otra parada junto a unas flores de color rosa que simbolizaban el amor. Acabada la explicación , los hombre del grupo cogieron una y se la regalaron a su pareja. Y dicen que Abraham cogió una flor y dijo en voz alta” This one is for jessica”. Yo estaba tan en mi propio mundo que no me enteré de nada,hasta que Xavi se me acercó , y adelántandose a Abraham me regaló una de esas preciosas flores, que me coloqué sobre la oreja, pues mis manos seguian todavia ocupadas con las niñas de Mto wa Mbu.

Llevaron al grupo a  probar la cerveza que fabricaban en el poblado. Su aspecto era realmente repugnante, y por lo que dicen, su sabor también lo era. Tras un sorbito para probarla, nos mostraron una habitacion en la que la fabricaban. Era un lugar apestosos , con cubetas llenas de liquido de banana en fermentacion con toda clase de bichillos en su interior. Entré en la habitacion y ni siquiera pude aguantar hasta el final de la explicacion de Andreu , pues las nauseas podian conmigo.

La penultima parada fue en un rincon del poblado, donde un grupo de hombres pertenecientes a la tribu de los makonde se hallaban muy ocupados sentados en el suelo tallando figuras de ébano. Era increíblñe la rapidez con que manejaban sus toscas herramientas, y entre golpe y golpe la madera trabajaba iba tomando forma. Uno de los hombres trajo entonces una especie de manta que envolvia toda clase de figuras de ebano. La extendio en el suelo y nos las mostro para que les compraramos alguna. Xavi y yo nos llevamos dos candelabros preciosos y una figura de un maasai.

Finalmente , nos mostraron a un grupo de mujeres que con hojas de banana construian lo que llaman “lunch boxes”, que no son sino cajitas para guardar cosas en su interior. Estaban sentadas en el suelo, ataviadas con vestidos de los mas coloridos, y enfaenadas con sus cajas. Un niño de unos diez años se acercó a mí, y trato de darme conversación: queria una foto conmigo. Le pedi a Xavi que nos la hiciera y el niño me dio su direccion para que se la enviase.

La parte teorica de la visita habia finalizado y nos dirijimos a la salida del pueblo, en la carretera, para meternos todos en un bar. Tres niños nos seguian aun. Uno iba con Alex, otro con cristina, y yo llevaba de la mano a una niña guapisima, cuyo nombre, Paskalina, es el unico que recuerdo, quizas por ser el mas facil de pronunciar. Entraron con nosotros en el bar, un lugar que de bar tenia poco, pues parecia una especie de patio interior con sillas en total desorden. Nos sentamos en circulo  y pedimos cerveza para nosotros y coca cola para los niños. El camarero del bar, al ver que eramos españoles, insistio en ponernos un casette de Julio Iglesias , que no tuvimos mas remedio que aguantar con una sonrisa, hasta que el chico se dio por satisfecho y cambio la cinta.

Parecía que todo había acabado, pero entonces Andreu nos dijo que todavia habia ua ultima sorpresa: los del pueblo nos habían preparado una gran cena con todo de alimentos típicos de Africa. Nos llevaron por un sendero oscuro ( ya era noche cerrada) y al final de este llegamos a una pequeña casa , con muy poca luz. En el jardin habian preparado las mesas y los bancos para sentarnos. En un extremo de la mesa, habían colocado varios cuencos grandes con montones de comida. Tenían un aspecto muy apetecible, y a pesar de que Xavi habia oido a Andreu decir al guía “Si ven como lo preparan , no se lo van a comer”, decidimos arriesgarnos a probar la comida. Había comida para alimentar a un regimiento, y además era muy variada: desde el ya típico arroz aromático basmati, hasta una especie de masa pastosa y compacta con un sabor parecido al pan pero sin sal, que para encontrarle el gusto debías mezclar con una suerte de espinacas de color verde muy oscuro. También había pescado y carne y otras muchas cosas acompañadas de deliciosas salsas. Comimos hasta no poder mas, y al final de la cena Wesley nos habló una vez más de los multiples proyectos de la cooperativa de Mtu wa Mbu.

Para acabar la noche con alegria, Andreu nos propuso ir a la discoteca del pueblo. Llegamos a la entrada, y siendo una vez mas los unicos blancos de la zona, pagamos la entrada a precio de mzungu : un dolar por persona. La discoteca tenia poco aspecto de discoteca , al menos por fuera. Era una especie de cabaña inmensa construida con madera y techo de caña, por lo que la musica del local podia oirse desde nuestro camping que se hallaba a unos cien metros. Nada más entrar nos dimos cuenta de que llamabamos la atencion, pues ante tanta oscuridad y tanta luz psicodelica nuestra blanca piel relucia en el local. La gente nos miraba como estupefacta al principio, pero la cosa no tardo en calmarse, y en seguida pudimos disfrutar sin preocuparnos por los demás. Poca gente bailaba a primera hora, y eramos nosotros los unicos que moviamos el esqueleto; poco a poco la pista se fue llenando al son de los ritmos africanos y una hora despues toda la pista de baile estaba ya ocupada. Fue una experiencia curiosa, tal vez porque te dabas cuenta de que no estabas en un lugar turístico en absoluto. Nos habiamos inmiscuido en tierras ajenas a los mzungus, y si bien al principio te sentias como absorbido por todas aquellas miradas profundas, en poco rato la situacion se normalizo y nos sentimos como en una discoteca cualquiera de nuestro pais, esto es, a pesar de la musica y de lo pintoresco del local.

Agotados ya de un dia tan movido, nos fuimos a descansar poco antes de medianoche. Los gallos se encargarian de despertarnos en plena madrugada, y podríamos escuchar por primera vez la llamda a los musulmanes a rezar y los posteriores cantos que parecian venir de todas partes y de ninguna...

DIA 5. LAGO MANYARA
Iñaki se había levantado con el estómago mal, y Toni decidió quedarse con el todo el día descansando en el camping de Mto wa Mbu. Los demás nos pusimos en marcha después de desayunar camino al lago Manyara.

 El trayecto hasta allí no fue nada fácil. Andreu ya nos había puesto sobre aviso de las Moscas Tse- tse, y todos ibamos bien aprovisionados de Relec, pañuelos y gorras, pero nada de eso iba a ser suficiente. Además estaba el peligro añadido de las acacias: el camión circulaba por caminos muy estrechos, al lado de los cuales crecían un gran numero de acacias. Las acacias tienen unas hojas que son como pinchos del tamaño de un palillo de madera, pero más afilados y fuertes. Cada vez que los de un lado del camión veiamos que nos aproximabamos a una acacia, gritabamos “Cuidado”, e inmediatamente todos los del otro lado inclinaban sus cuerpo hacia adelante para no pincharse con las hojas. En ocasiones, las ramas de estos arboles  alcanzaban con mucho el interior del camión, y más de uno acabó con rasguños en los brazos por culpa de las acacias. Sus hojas son tan duras que tan solo las jirafas pueden alimentarse de ellas; las jirafas, además de alcanzar grandes alturas con sus largos cuellos, tienen una lengua y un paladar muy muy duros y asperos, y por esa razón pueden comer hojas de acacia.

Nos habiamos adentrado ya en una zona bastante húmeda, y llevabamos rato esquivando acacias por uno y otro lado del camion, de forma que parecia que estuviesemos jugando a hacer la ola con nuestros cuerpos continuamente, y entonces ocurrió: llegamos a la zona de la mosca Tse- Tse. Es una mosca fácil de distinguir de la mosca común por su gran tamaño, parecido al de un tábano, y su picadura escuece más o menos por igual ( al menos eso dicen). La mosca Tse- Tse no es más peligrosa que un mosquito, pero sí mucho más molesta. Se sienten atraídas por los colores oscuros, especialmente el azul electrico, y de hecho las trampas que se utilizan para cazarlas consisten en colocar una caja de ese color en medio del campo; la tse- tse no tarda mucho en sentirse atraida por ese color y va directa hacia allí donde colocan una sustancia venenosa que la mata. La primera mosca hizo su aparición sobre uno de nosotros, que trato de expulsársela  con la mano, pero era imposible; parece que se enganchen a tu cuerpo y no es tan facil sacarlas; la unica manera de quitártelas de encima es golpeándolas y matándolas. Y así empezó el show del día. Más y más moscas se posaban sobre nosotros y, manotazo por aqui, manotazo por allá , intentabamos acabar con ellas. Cualquier arma era válida: desde los pañuelos que usabamos para la cabeza, hasta las gorras, pasando por las fundas de cámara e incluso de cantimplora. El caso es que en cuestion de minutos nos estabamos arreando unos a otros sin ton ni son, al tiempo que moviamos como locos las piernas y los pies para que no nos viniesen las moscas, sin olvidar que cada cierto tiempo debiamos inclinar nuestros cuerpos para esquivar los pinchos de las acacias...Unos dandose Relec por todo el cuerpo, al borde del histerismo, otros ensañandose con sus compañeros de viaje a golpe limpio, y todos, riendo como locos por lo esperpentico de la situación. El peligro de la Tse- tse ( y de matarnos a golpes) no duró más de diez minutos, pero parecio una eternidad. Poco a poco, la situacion se fue calmando, y pudimos volver a gozar del paisaje y de las vistas de los animales. 

Paramos frente al Lago Manyara, y Andreu, rompiendo las normas del parque, nos dejo bajar del camión para ver el lago más de cerca. Debíamos ir con cuidado, pues a pesar de estar en una gran llanura, nunca se sabe de donde pueden salir los animales ni la velocidad que pueden alcanzar, así que no debíamos alejarnos demasiado. La mayoria del grupo bajó y se dirigió hasta las orillas del lago. Aproximadamente a un kilometro de distancia se divisaba una manada de animales que muy bien podían ser búfalos, aunque afortunadamente solo eran ñus. Quizas por cobardía, quizas tan solo porque aquel dia me encontraba algo débil, me quedé al lado del camión , pues no confiaba demasiado en mis piernas si se daba el caso y debiamos correr. Subí al camion, y observe, en la distancia, a todo el grupo alejandose  y , más hacia la derecha, a la manada de ñus pastando tranquilamente. De nuevo me vino a la cabeza esa idea de inmensidad y de infinito que proporciona Africa tan a menudo...

 El camión se había quedado encallado. Estabamos cruzando una zona especialmente arenosa, y el camión forzaba y forzaba por seguir adelante pero fue inutil. Andreu y Ali bajaron del camion, y nos pidieron que vigilásemos. ¿Que vigilasemos qué? Pues si algun animal venia hacia ellos. Ahh, bueno vale. Y si viene ¿ que hacemos? 

¿ Nos quedamos sin conductor o sin guia? ¿ Gritamos como energúmenos? ¿ Que hacemos? Tan solo vigilar. OK. Vigilaremos. Yo creo que nunca habia tenido los ojos tan abiertos como aquel dia, no porque huibiera peligro evidente, pues ningun animal se acerco a nosotros, pero supongo que Andreu nos había ido sugestionando poco a poco, y siempre nos habia hecho tomar tantisimas precauciones para bajar del camion, que ahora que lo hacia él...no sé, que daba miedo, vamos. Pero iban bastante bien preparados y en cuestion de minutos el camion arrancó , de forma que pudimos seguir el camino sin más percances. Disfrutamos de la vista de cebras y ñus, de algun que otro hipopotamo, elefantes, gacelas; cada cierto tiempo parabamos el camion y disfrutabamos del silencio del campo y de la belleza de sus animales. No tuvimos la suerte de ver grandes manadas, sino que los animales aparecian como a pinceladas: uno aqui, otro allá, siempre dejandonos como con el caramelo en la boca  y deseando seguir para ver más, y más, y más.

Se acercaba la hora de comer, y empecé a encontrarme mal. Txell tampoco estaba muy fina, y Alfredo humedeció un pañuelo de papel con agua y nos lo pusimos en la frente. El trayecto en camión es en general divertido, pero basta que uno no se encuentre muy bien para que se convierta en una verdadera agonia, y así fue hasta que paramos para comer. Nos detuvimos frente a un riachuelo de aguas termales que desprendian un olor fétido muy fuerte, lo cual no ayudo mucho a que mejorasemos. Comimos samosas, que es un plato tipico africano; consiste en una especie de empanadilla rellena de carne muy especiada y picante. El olor de las aguas termales y la fuerte comida de las samosas hizo que fuese empeorando y ya no volvi a recuperarme hasta que por fin llegamos al campamento. Iñaki y Toni nos estaban esperando. Habian estado descansando todo el dia e Iñaki tenia ya mejor aspecto, a pesar de haber tenido fiebre y algunos vómitos. El caso es que Andreu no estaba tranquilo del todo, quizas porque los dias siguientes los ibamos a pasar en el Serengueti y alli no habia ningun tipo de infraestructura, y por ello decidio llevarle al dispensario médico. Andreu hablaba de una posible malaria, pero todos sabiamos que la malaria nunca aparece tan temprano. Pero como dicen que uno de sus sintomas es tener un fuerte dolor de espalda, e Iñaki lo tenia, Andreu quiso curarse en salud y quiso hacerle una revision. Ya puestos, me llevó tambien a mi ( aunque yo ya estaba bien) y Toni y Amado nos acompañaron. Montamos en un Land Rover destartalado , sucio y maloliente y en pocos minutos llegamos al dispensario. “No quieras enfermar nunca en Africa”, dice la gente que ha estado allí. Y nada más lejos de la verdad. El dispensario daba, no pena, sino más bien pánico si uno cree que le van a intervenir de alguna manera allí dentro. Un hombre de aspecto orondo nos recibio sonriente y nos hizo pasar a su despacho. En él, dos sillas para las visitas, una camilla mugrienta y una botella de suero con una jeringa ya utilizada anteriormente era todo lo que habia. Interrogó a Iñaki “minuciosamente”; esto es: le pregunto si habia tenido fiebre, vomitos y/o diarreas, a lo que el contestó afirmativamente, y , sin siquiera ponerle la mano encima, le dijo que eso debia ser por la cerveza de banana que probamos el dia interior. El caso es que yo no la habia probado, pero dado que el doctor me habia ignorado desde el primer momento en que nos vio, decidi callarme. Amado y yo nos mirabamos con expresion alucinada, pues el doctor habia diagnosticado algo sin hacer mas que tres preguntas y sin tocar al paciente para nada, y lo que es más, se habia quedado del todo satisfecho con su resultado. Tampoco Iñaki insistio en un reconocimiento más profundo, dadas las instalaciones y la higiene del dispensario. Dimos las gracias y salimos. Andreu se quedó más rezagado y entonces vimos como le pagaba al doctor con varios billetes. ¡El tio habia cobrado por hacer nada! Increíble. Cuando le preguntamos a Andreu porque le habia pagado, nos dijo que siempre valia la pena “ tener contentos” a aquellos que pueden resultarte utiles en un momento dado. Lo dicho, estábamos en Africa.

DIA 6. DE MTO WA MBU A SERENGUETI
Ricard y Flor habían pasado muy mala noche. De madrugada habían empezado con vómitos y diarreas y ya no pararon hasta el día siguiente. Había pasado la noche en las habitaciones donde guardábamos las maletas, y cuando después de despertarme fui hacia allí a recoger la bolsa, estaba Flor echada en la cama muy pálida y con aspecto débil. Alfredo, su marido había estado cuidando de ella toda la noche, con lo que no había pegado ojo tampoco. Así que el panorama no pintaba muy bien. Intentamos alargar la puesta en marcha lo más que pudimos, pero debíamos salir rumbo al Serengueti. Y Ricard y Flor, todavía débiles y sin muchas ganas de moverse, se unieron al grupo. 

Recorrimos varios kilómetros, y por el camino nos cruzamos con distintas especies de animales. Apretábamos de vez en cuando el botón de parada del camión y tomábamos fotografías. Ricard y Flor se pasaron todo el trayecto en un rincón del camión y tratando de dormir como podían. Por fin llegamos al mirador del cráter del Ngorongoro y pudimos estirar las piernas. Por todo el mirador se hallaban desperdigados grupos de maasai, todos ellos con sus kangas relucientes y a la espera de turistas para cobrarles a cambio de fotografías. Nada más bajar del camión empezaron a aproximarse maasai perfectos, demasiado limpios y elegantes, con collares y figuras para vender. Ignorándoles, nos dirigimos al borde del cráter, que tenía una panorámica preciosa. En cinco días podríamos bajar a su interior y gozar de un completo día de vida salvaje. Pero ahora debíamos ponernos en marcha. Flor había mejorado, pero Ricard se iba sintiendo peor, y Alfredo, el enfermero del grupo, decidió pincharle algo de suero para que recuperase fuerza. Esta vez no iría con nosotros en la parte trasera del camión, sino que se instalaría en la cabina con Alí y con Ahmmad, el cocinero.

Paramos a comer en Olduvai. Esta a medio camino más o menos de nuestro recorrido, y se trata de un lugar donde se hallaron restos de fósiles de hasta hace 1,8 millones de años. Debíamos comer allí, y hacer una visita guiada por el museo. Llegamos y el guía ya nos estaba esperando impaciente; fuimos a comer a la zona habilitada para ello y entonces ocurrió. Andréu y Alfredo traían entre sus brazos a un Ricard cuyos pies se arrastraban por el suelo, y cuyo rostro estaba mucho más pálido de lo normal. Y de pronto, Ricard perdió el sentido por completo. Rápidamente, Alfredo, Toni y Carmen se pusieron en marcha, y le colocaron las piernas hacia arriba sobre un pequeño banco. Toda la gente se estaba amontonando a su alrededor, y cuando digo gente, me refiero a turistas, pues los del grupo nos hallábamos algo distanciados y sin saber que hacer. Toni ( el farmacéutico) le comprobó el nivel de azúcar, Alfredo le estaba mojando la frente, y Toni y carmen le estaban masajeando pies y manos mientras Isa, su mujer, estaba empezando a perder los nervios y había roto a llorar silenciosamente. Sentíamos todos una impotencia tal, que si no hubiese sido por los enfermeros del grupo, no habríamos sabido que hacer. Poco a poco, Ricard fue recuperando el sentido, pero aun seguía muy pálido: estaba totalmente deshidratado, pues había perdido mucho con las diarreas y los vomitos. Le dejaron descansar un rato más allí, estirado en el suelo, hasta que Andréu vino diciendo que un land rover que había allí le podría llevar hasta el parque nacional del Serengueti de forma mucho más rápida. La idea era dejar a Ricard e Isa en el Seronera Lodge para que descansasen y Ricard se pudiese recuperar. Así que Isa, Ricard, Andréu y Alfredo en calidad de enfermero se pusieron marcha hacia el Lodge. Entretanto, Andréu le dio a uno de nuestros compañeros, Alex, un sobre con los papeles necesarios para entrar en el Serengueti y 200 dólares para “imprevistos”. Sin saber mucho a qué se refería Andréu con “imprevistos”, Alex guardo el sobre en su mochila, un poco acongojado de llevar tanto dinero encima.

La visita a Olduvai nos la saltamos, pues todavía quedaba un largo camino para llegar al Parque y habíamos perdido mucho tiempo. El guía del museo se molestó con nosotros, pero el mosqueo se le pasó rápido al ver que le pagábamos la visita de todas formas.

Ese día fueron doce horas largas de camión; fue un trayecto realmente duro, quizás uno de los más duros del viaje, debido en parte al mal cuerpo que nos había dejado ver a Ricard tan mal, y en parte también a todo el viento y polvo que hubimos de tragar durante horas y horas. Los ánimos estaban muy bajos en el grupo. Los silencios se hacían cada vez más largos, pero nadie era capaz de articular palabra y el viaje se estaba haciendo muy pesado. Además Alí corría como nunca antes lo había hecho con el camión, pues debían llegar alas puertas del parque antes de las seis o nos quedaríamos fuera, sin lugar donde pasar la noche. Cada vez que pasábamos sobre una piedra o un termitero grande, el camión pegaba un fuerte bote que nos descolocaba a todos del asiente, algo que en otro momento nos hubiera hecho reír, pero que, dadas las circunstancias, no hacia más que agravar la situación en la que nos encontrábamos. Los nervios, el viento, el polvo, hacían la situación cada vez más difícil y el trayecto se convirtió en una agonía. De pronto, José se atrevió a proponer que jugásemos a las palabras encadenadas. Ninguno de nosotros se sentía con ganas de jugar a nada, pero qué podíamos hacer. Así que todos pusimos de nuestra parte, y poco a poco el ambiente se fue apaciguando hasta que el grupo empezó a sonreír de nuevo...

... las seis menos cuarto. Entrada al Parque del Serengueti. Alí, Ahmmad, Alex y Jose fueron corriendo hacia los guardas para hacer el papeleo y entrar cuanto antes. Los demás aprovechamos para estirar las piernas y hacer nuestras necesidades. Al cabo de un rato nuestros compañeros volvían cabizbajos y con cara preocupada: por lo visto hacia falta un papel que Andréu se había olvidado de netregarnos, y sin este papel les era imposible dejarnos entrar. El tiempo apremiaba y parecía que no había solución. Para nuestra sorpresa, tampoco Ali ni Ahmmad parecían ser de mucha ayuda, pues ni siquiera se esforzaban en buscar solución al problema. Andréu nos diría más tarde que no puedes confiar nunca ciegamente en un africano, porque tu seguirás siendo siempre un simple mzungu para ellos. El caso es que no sabíamos que hacer, hasta que Alex le comento a Ahmmad la posibilidad de sobornar al guarda de la entrada con el dinero que le había dado Andréu. Ahmmad intercedió entonces entre Alex y el guarda y, a cambio de cien dólares, harían la vista gorda. 

Eran ya las seis y cuarto cuando conseguíamos entrar, y empezaba a anochecer. El Serengueti es una Reserva nacional de fauna donde no existen vallados de ningún tipo, por lo que no es muy seguro circular por sus carreteras de noche. Además, más peligrosos que los animales son los rangers nocturnos, los vigilantes del parque, que tienen orden estricta de disparar primero y preguntar después. Cualquier vehículo que circule de noche por el Serengueti es sospechoso de ser un cazador furtivo. El camión corría y corría hasta que llegamos por fin al Lodge donde se habían alojado Ricard e Isa, que se hallaban ya descansando en la habitación. Recogimos a Andréu y a Alfredo y nos dirigimos rápidamente al campamento. Le explicamos a Andréu la falta de colaboración de Ahmmad y de Ali, y no pareció extrañarse demasiado. Era evidente su falta de confianza en ellos, dado que había preferido dar todos los papeles y un montón de dinero a Alex, al que no hacia mas que seis días que conocía...

Noche cerrada. Nervios al borde del histerismo por parte de algunos, y sin otro remedio que montar las tiendas en medio del parque. Por suerte, cuando llegamos las perspectivas de acampar allí no eran tan malas pues había un montón mas de gente acampada a nuestros lados. Con las luces del camión por toda iluminación, montamos en pocos minutos todas las tiendas, mientras Ahmmad se disponía a preparar la cena. Andréu encendió un fuego en el centro y empezaba la aventura. Montamos las tiendas en forma de media luna, y cerrando el circulo se hallaba aparcado el camión. Andréu tiene por costumbre dormir dentro del camión, pero por lo visto los días del Serengueti, acampa con el resto del grupo por aquello de darnos mas confianza. 

Regla número uno: a las letrinas se va siempre en grupo e iluminando con las linternas frontales para vigilar que no se nos acerquen las hienas o cualquier otro animal.

Regla número dos: en caso de que algún animal se acerque, debemos retroceder poco a poco y en silencio hasta el campamento, sin perder nunca los nervios.

Regla número tres: no dejar ningún resto de comida por el campamento y todo bien recogido ( papeles, bolsas, etc.) pues en una ocasión un grupo estuvo toda la noche escuchando como una hiena jugueteaba con una bolsa de plástico entre sus tiendas.

Regla numero cuatro: en caso de tener pipi ( o algo peor) durante la noche. Mirar bien antes de salir fuera de la tienda y avisar a alguien para que te acompañe. No gritar ni hacer más ruido del necesario.

...Y así transcurrió la velada: con algo de nervios al principio, pero a medida que pasaban las horas nos fuimos tranquilizando. Después de cenar alrededor del fuego, Andréu sacó unos tetra bricks con vino y los abrió en honor de las dos parejas de recién casados que formaban parte del grupo. Charlamos durante largo rato y nos fuimos conociendo, y de tanto en tanto, levantábamos la vista hacia el inmenso y estrellado cielo, y nos repetíamos para nuestros adentros lo afortunados que éramos por estar allí...

Por fin llegó el momento critico: la hora de irse a dormir. Antes de acostarnos hicimos una nueva expedición en grupo a las letrinas, y mientras unos vigilaban, otros hacían sus necesidades tan rápido como podían. “¡ Mira, mira ¡ Una hiena nos está observando. ¡ Allí mismo, mirad ¡ A las pobres que estábamos todavía agachadas, nos faltó tiempo para levantarnos, y prácticamente sin mirar a las hienas, pusimos todos pies en polvorosa hacia las tiendas. 

Ni Xavi ni yo nos habíamos levantado una sola noche para ir al lavabo desde que llegamos a África; y está era la unica noche en la que, a ser posible, no debíamos levantarnos. Como muy bien pasa en estos casos, esa fue la única noche en todo el viaje en que nos despertamos con ganas de ir al baño. Yo me había colocado tapones en los oídos para no oír a los animales, pero apenas unas tres horas después de acostarnos, Xavi me despertó porque necesitaba ir a las letrinas. Yo también. Así que hicimos un intento de abrir la cremallera de la tienda, pero justo en ese mismo instante, un rugido de león sonó no muy lejos de las tiendas. Andréu nos había dicho que se puede oír a un león hasta a dos kilómetros de distancia, por lo que nos intentamos convencer de que el león estaba todavía muy lejos, pero entonces escuchamos otro rugido, y esta vez venia de mucho mas cerca. Acongojados y al borde del histerismo, no sabíamos que hacer. No podíamos aguantar mas, pero tampoco nos atrevíamos a salir de la tienda. Oímos entonces como una cremallera se abría, e inmediatamente abrimos nosotros para ver si alguien había salido: nada. No había nadie. Volvimos a cerrar. Otra cremallera se oyó cerca, y volvimos a abrir, pero cada vez que mirábamos, el campamento estaba oscuro y vacío. Nos cogió una especie de ataque de risa por lo ridículo de la situación, pero reíamos en silencio para no alertar a los animales. De pronto, al oír otra cremallera y abrir nuestra tienda, vimos a Alfredo que se dirigía hacia las letrinas, él solito, con su linterna frontal y su rollo de papel; nos saludo y se desvaneció en la oscuridad. Era ya demasiado tarde para seguirle. Desesperados, buscamos dentro de la tienda algún útil que nos pudiera servir como orinal: estaba la base de la cantimplora, pero al ser metálica haría mucho ruido. Finalmente utilizamos dos bolsas de plástico después de comprobar a tientas que no tenían ningún agujero... Ahora solo faltaba saber qué hacer con las bolsas. No nos atrevíamos a salir fuera y tirarlas, pero teníamos miedo de que el hedor llamase la atención de los leones. Atamos por fin las bolsas con un fuerte nudo, y las pusimos al pie de la tienda. El interior de la tienda empezaba a oler, así que poco después nos armamos de valor y abrimos la cremallera para vaciar el contenido de la bolsa, y por fin pudimos descansar  unas horas...

DIA 7. SERENGETI
Nos levantamos con la salida del sol, y lucíamos todos unas evidentes ojeras. Gran parte del grupo se había pasado la noche con ganas de ir al baño, abriendo y cerrando las cremalleras de sus tiendas como desesperados. Todos optaron finalmente por utilizar una botella de agua cortada por la mitad y vaciarla junto a las tiendas.

A pesar de todo, nos levantamos de buen humor y con ganas de empezar nuestra ruta por el Serengueti. Nada más salir de la zona de acampada , a unos doscientos metros, divisamos cerca de la carretera dos leones que estaban descansando bajo la sombra de una acacia. Andreu nos dijo entonces que lo que oímos la noche anterior eran leones aparejándose; lo hacen tan sólo durante una semana al año, pero en esa semana no paran ni un momento: unas trescientas veces más o menos. Eso nos tranquilizó, pues pensamos que los leones se mantendrían ocupados por las noches con sus cosas, y no se molestarían en entrar en nuestras tiendas.

Fue un dia de animales bastante completo. Después de hacer una visita a Ricard e Isa, entramos de lleno en la zona del Seronera, donde abundan los animales que se acercan al río que la atraviesa para beber. Vimos de casi todo: jirafas , cebras, ñus, leones, elefantes... vimos nuestro primer búfalo  bastante cerca. Estaba hundido en un charco de lodo y tan solo le sobresalía la cabeza; sus ojos nos miraban atentamente, y su mirada era desafiante. Estuvo allí, quieto, mirándonos durante largo rato. Isa le decía a Ali que subiera la musica de la cabina del camion , al tiempo que ella agitaba un pañuelo rojo al aire para provocarlo. De pronto , el búfalo reacciono, y salio del lodo, pero una vez fuera se limitó a seguir mirándonos. No parecia tener muchas ganas de moverse. Isa insistia con el pañuelito, mientras Andreu nos explicaba en voz baja que los búfalos solo son peligrosos y pueden embestir cuando estan solos. El búfalo empezó entonces a sacudir la cabeza, y justo en el momento en que parecía que se dirigía hacia nosotros, Alí puso el motor en marcha, y el búfalo se fue haciendo pequeño en la lejanía...

Cada vez veíamos con más frecuencia manadas de ñus y cebras . Por lo visto era lo que quedaba de las migraciones hacia el Maasai Mara , en Kenya.  Nos explicó Andreu que las cebras y los ñus siempre van juntos , y que ello se debe a que los unos no ven bien y los otros tienen el oído poco fino, con lo cual se ayudan mutuamente cuando se avecina peligro. Las cebras siembre van en fila india, nunca amontonadas, y esto tambien es para protegerse de los animales, pues con sus rayas confunden al enemigo.

Paramos junto a varios elefantes. Cuando un elefante es realmente grande, impresiona mucho. Muchos de ellos, de tamaño mediano, daban la impresión de ser bastante inofensivos. Pero los grandes, con esas orejas y esos cuerpos prehistoricos, infundian mucho respeto. Cada vez que parábamos frente a un elefante, debíamos estar en absoluto silencio, pues por lo visto el sonido de la voz humana les irrita mucho y entonces pueden embestir. Como la mayoría de animales, los elefantes son más peligrosos cuando van con crías, y debíamos tener especial cuidado con ellos. Los elefantes comen básicamente hojas de  árboles. Cuando por causa de la altura del árbol, ya no alcanzan sus hojas, embisten el arbol hasta tirarlo al suelo. Parte del paisaje del Serengueti lo forman arboles destrozados por los elefantes. Los baobabs tambien son de utilidad a los elefantes, pues utilizan la gruesa corteza de sus troncos para rascarse el lomo. Casi todos los baobabs tenían sus troncos desconchados.

Animales de todos los tipos y tamaños, majestuosos baobabs de varios metros de altura, acacias cuya sombra sirve de lugar de descanso a los leones... la naturaleza en vivo y en directo te impregna de una sensación de libertad y de nostalgia que no te abandona en todo el viaje...

Hicimos una segunda visita a Isa y Ricard al lodge, y allí disfrutamos de una maravillosa puesta de sol, con una cerveza en la mano. Las puestas de sol africanas duran muy poco tiempo, tal vez cinco minutos, no más; y durante ese tiempo, miles de pensamientos pasan por tu cabeza, y es muy agradable dejarse llevar por ellos, disfrutando de un silencio que da reparo romper.

Antes de llegar al campamento, tuvimos la oportunidad de ducharnos a medio camino. El agua estaba fría, pero no nos importó, pues tan solo deseábamos quitarnos el polvo del cuerpo. Tardamos muy poco tiempo en estar todos listos, y volvimos al camión. Amado nos dijo a Xavi y a mí que María había roto a llorar. Por lo visto llevaba desde el primer día de viaje con insomnio y sin poder ir al baño, y eso, claro, te tiene que afectar psicológicamente. Además, ni ella ni Jordi habían ido jamas de acampada, y les estaba resultando muy duro soportar tanta tensión durante tantos días. 

Cuando subimos al camión, María estaba cabizbaja y en silencio. Jordi la abrazaba, tambien en silencio. Llegamos al campamento y María se fue directa a la tienda. Toni le dio un calmante y le practicó un masaje. Ni siquiera probó la cena, pero por lo menos esa noche pudo descansar por fin.

Y esa noche fui capaz de dormir sin tapones en los oidos, y pude disfrutar del sonido de los leones. No tuvimos que levantarnos para ir al baño, pues dormimos de un tirón, y las hienas empezaban a dejar de impresionarnos.

DIA 8. SERENGUETI
Como de costumbre, antes de iniciar la ruta fuimos a ver a Isa y Ricard, y de paso quedarnos todos a gusto en los lavabos del Lodge. Supongo que cada vez que los del Lodge nos veían llegar, empezaban a temblar, pues nos tirábamos allí más de una hora cada día ( y a veces más de dos) sin consumir nada, invadiendo sus lavabos y dejándoles sin existencias de papel de water, que utilizábamos no sólo para nuestras necesidades , sino para secarnos cara y brazos después de habernos lavado con su jabón en las picas de sus baños. Total, que no parecían demasiado contentos cuando nosotros llegábamos, pero tampoco podían quejarse demasiado pues el precio que Isa y Ricard estaban pagando por la habitación ( veinte mil pesetas diarias) ya cubría todos los gastos que pudiéramos ocasionar.

Ricard hacía mucha mejor cara; seguía pálido y había adelgazado bastante, pero ya no tenía esa mirada vacía ni esa ausencia de color del primer y segundo dias. Iba arriba y abajo con su botella de litro y medio de suero oral, a la que habia empezado a cogerle el gustillo. Estaba mejor, pero Andreu le dijo que mejor se quedase todavía una mañana más allí. Le pasaríamos a buscar al mediodia y así podríamos ir a la Hippo Pool todos juntos por la tarde. Ricard accedió , y con él se quedaron Toni y Ana , y también María. María había conseguido por fin dormir de un tirón la noche anterior, pero seguía con  problemas de estreñimiento, lo cual la agobiaba mucho. Aprovechando que Ricard e Isa tenían la habitación pagada hasta las doce, pusieron a maría en la habitación y los enfermeros del grupo improvisaron una lavativa con aceite de oliva y algo de jabón. Lo que les faltaba a los del Lodge era tener gente que se paseaba arriba y abajo con toallas, y botellas de aceite y de jabón en sus manos, mientras el resto del grupo , como parásitos, nos íbamos apoltronando en sus lavabos, en su recepción, en su jardín...sin recibir nada a cambio.

Dejamos a maría y el resto en el Lodge, y continuamos nuestro camino en busca de animales. Volvimos a ver de todo, aunque quizás no tanto como el día anterior, o al menos eso nos pareció. Supongo que las cebras, los ñus y las jirafas había dejado de impresionarnos – uno se acostumbra rápidamente a lo bueno- y nuestra mayor ambición era encontrar un leopardo sobre una rama de árbol, cosa que no conseguimos en todo el viaje.

Volvimos al mediodia a buscar a los otros, que todavía no habían acabado de comer. Esperarles nos hizo perder tiempo de safari, lo que no gustó demasiado a algunos, pero no teníamos otro remedio que esperar. Pedimos permiso en el Lodge para montar nuestra paradita en su jardín y comer mientras les esperábamos lo que Ahmmad nos había preparado, pero supongo que eso les pareció demasiado, y nos mandaron alejarnos de su hotel.

Por fin nos pusimos todos en marcha, y María por fin había podido ir al baño: hacía mejor cara. Y nos fuimos a la Hippo Pool, que no es otra cosa que una especie de balsa llena a rebosar de hipopótamos que no paran de expulsar sus expcrementos a lo largo y ancho del embalse. El lugar apestaba como ninguno, y después de contemplarlos el tiempo justo para tirar fotos, no aguantamos más y nos fuimos , camino arriba , a un riachuelo con más hipopótamos. Camino al ría, oímos un sonido de animal muy cerca, e inmediatamente después Toni y Ana gritaron: “¡Que viene un hipopótamo!”. De pronto, los más rezagados fuimos en busca de algun lugar para escondernos, pero era imposible cobijarse en ningun sitio pues estabamos en campo abierto y si nos alejábamos del camino , corríamos el peligro de cruzarnos con algun león. Así que desesperados, no supimos que hacer. Afortunadamente fue una falsa alarma, y ningún hipopótamo nos perseguía.

Nuestra última noche de acampada en el Serengueti tuvo también su anécdota. Ricard e Isa vinieron por fin a pasar la noche con nosotros. La velada transcurría tranquila hasta que de pronto aparecieron los Rangers del Parque. No les habíamos visto ninguno de los días anteriores, y precisamente esa noche tenían que aparecer: venían para contar el numero de personas acampadas. Por lo visto, los del Lodge, quizas como venganza por habernos aprovechado de sus instalaciones, quizas tan solo porque en su país todo funciona así, habían avisado a los Rangers de que entre nosotros había dos personas acampadas que no habían pagado ningún permiso. Andreu se las tuvo que ver con uno de los Rangers, quien , después de haberle dicho a su jefa que todo estaba bien , le pidió a Andreu la mitad del dinero que debía haber pagado por Ricard e Isa en concepto de favor personal. Andreu no tuvo mas remedio que apoquinar el dinero  a escondidas , y así se zanjó el problema.

Disfrutamos las ultimas horas en el campamento, sentados junto al fuego, charlando en voz baja, y haciendo visitas en grupo a las letrinas, desde donde las hienas nos observaban atentamente. Y por ultima vez, nos preguntamos si el “Efecto Serengueti” del que tanto había hablado Andreu había hecho mella en nosotros...

DIA 9. SERENGETI- NGORONGORO
Nos levantamos con la salida del sol, y nada más salir de las tiendas, vimos , a pocos metros del campamento, una jirafa pastando tranquilamente. Nos quedamos como anonadados de la proximidad del animal, cuya belleza era aun mayor con los primeros destellos del sol a sus espaldas. Bajamos entonces la vista al suelo y vimos  un excremento enorme que yacía justo al lado de una de las tiendas.

-Es una cagada de elefante. También pasean por aquí, a veces- dijo Andreu.

Decidimos no darle más vueltas al tema, ni imaginarnos lo que una pata de elefante podría haber hecho de haber pisado nuestras tiendas. Decidimos no pensar en ello, pero un pudimos evitarlo.

Dejábamos atrás el Serengeti para dirigirnos al cráter del Ngorongoro. Poco después de dejar el campamento vimos varias crías de leones a lo lejos descansando sobre un montículo de tierra, y, de pronto, tres de ellas abandonaron al resto para salir a cazar lo que algunos decían era una marmota. No la vimos, pero se podía oír desde el camión un sonido de animal pequeño. Las crías de león parecían estar jugueteando con su presa, mientras a lo lejos, una leona paseaba orgullosa con su pequeña cría correteando a su alrededor. Al fondo, las gacelas meneaban tranquilamente sus colitas al tiempo que paseaban con calma por los llanos del Serengeti, ignorantes de los depredadores que las acechaban no muy lejos de donde se hallaban. Era como si estuviésemos viendo un documental de África, solo que estábamos allí, y la sensación que uno tiene al presenciar semejante escena es algo realmente grande. La fauna, nosotros, y el silencio de la inmensidad africana. Maravilloso.

Seguimos nuestro camino. Todavía nos quedaban unos kilómetros para salir del Serengeti. El camión levantaba una nube de polvo a su paso, que nosotros tragábamos sin más; nuestras ropas y nuestros rostros estaban impregnados del tono rojizo de la tierra del Serengeti; polvo en los ojos, que tratábamos de cubrir con gafas de sol; polvo en nuestras orejas, que iba creando una especie de capa protectora muy difícil de eliminar; polvo y más polvo. Al principio tratábamos de sacudirnos las ropas, pero finalmente abandonamos la idea, pues era tal la cantidad de polvo que estaba entrando en el camión que era absurdo intentar librarse de él. Paciencia y resignación, y sobretodo, tratar de tomárselo todo con alegría.  De pronto, la carretera que seguíamos desapareció de la vista y el camión se limitaba a seguir el rastro que otros vehículos habían dejado en las llanuras del parque. El camino se hacía cada vez más difícil, estaba lleno de pedruscos y enormes termiteros difíciles de sortear debido a la altura de las hierba que los camuflaba, y cada vez que pasamos sobre uno de ellos , el camión pegaba un bote y nosotros botábamos con él sobre nuestros asientos. La cosa empezó a perder la gracia al cabo de un rato, cuando ya todo el paisaje parecía igual, y no avistábamos ninguna carretera a lo lejos. Empezábamos a pensar que nos habíamos perdido, y las risas y comentarios del principio estaban dejando paso a un silencio profundo. Miradas inquietas a un lado y otro del camión, y nada; tan solo una gran llanura sin fin . El camión iba cada vez más rápido, y no podíamos preguntarle a Andreu si eso era normal, pues él viajaba en la cabina y no nos oía. Nos empezaba a parecer que el camión no iba en línea recta, sino que parecía estar dando círculos y entonces Juan dijo: “ Por aquí ya hemos pasado. Esas rocas de allí las recuerdo perfectamente. Debemos habernos perdido”. Eso pensábamos muchos, pero quizás no nos atrevíamos a decirlo. No se si Juan tendría razón o no en lo de haber pasado dos veces por el mismo lugar, pero días más tarde averiguaríamos que, efectivamente, nos habíamos perdido, aunque en ese mismo instante no estábamos del todo seguros.

Un termitero enorme e imposible de esquivar hizo que todos saltásemos de nuestros asientos, y el de Amado se rompió con el golpe. Fue un golpe muy fuerte, y entonces el camión se detuvo.

-“¿Estáis bien? ¿Algún herido?- preguntó Andreu con una sonrisa no muy tranquilizadora.

Respondimos afirmativamente y con poco entusiasmo. Solo deseábamos llegar de nuevo a la carretera y poder descansar un poco. Hubo de pasar una media hora, quizás  más, de polvo, botes en el camión, y nervios hasta que por fin hallamos una salida y pudimos retomar nuestra carretera y salir del Serengeti. Hicimos parada en la salida del parque, una zona habilitada para comer, y bajamos del camión. Cómo debíamos estar de polvo para que los turistas que estaban por allí nos señalasen con el dedo riéndose de nosotros. Todos nosotros ataviados con gafas de sol, sombreros y pañuelos en la cabeza y en el rostro, parecíamos bandoleros más que turistas en África. La ropa, el cuerpo, las manos, la cara, las orejas y el pelo estaban totalmente impregnados de polvo, y al vernos unos a otros echamos a reír.

 ¡ Qué podíamos hacer! Andreu ya nos había avisado del episodio del polvo, así que después de haber salido ilesos del Serengeti lo menos que podíamos hacer era reír.

- ¿Os habéis divertido? ¿ Os ha gustado?- dijo entonces Andreu.

 Reímos todos, menos Jordi. Parecía estar conteniéndose, pero al final explotó. Empezó a quejarse del viaje, del polvo, de los animales, del camión, de las incomodidades...de todo. Que si él no había pagado tanta pasta para tragar polvo, que si a nosotros nos parecía realmente divertido haberlo pasado tan mal, que si... Supongo que estaba desfogándose después de haber pasado tantos nervios, no solo durante el trayecto sino por lo de María, su mujer. Supongo que Alex debería haberle ignorado, como tratábamos de hacer todos, para así devolver la calma a la situación. Supongo que todo eso es mucho suponer, y que frente a una situación de crisis cada uno reacciona no ya como quiere, sino como puede. Y lo cierto es que Jordi nos fastidio a todos con sus cínicos comentarios en aquel momento, pero ahora, desde la distancia, no puedo evitar sonreír al recordar el incidente.

...Después de casi doce horas de trayecto en camión, llegamos por fin con la puesta de sol al cráter del Ngorongoro. Debíamos darnos prisa a montar las tiendas antes de que cayera la noche. Pero la belleza del paisaje nos retuvo unos minutos. Hacía mucho frío, y estábamos exhaustos, pero la vista merecía la pena. Fue una lastima no haber podido disfrutar de ella durante el día. Montamos las tiendas mientras Ahmmad e Ismael ( su ayudante) nos preparaban la cena. Andreu y Amado habían bajado al pueblo a hacer unas compras, y nosotros nos íbamos poniendo capas y capas de ropa para luchar contra el frío. Todo servía: jerseys, chubasqueros, pareos a modo de bufanda... cualquiera que nos hubiese visto con esas pintas se habría asustado. 

Abrimos unas botellas de vino para calentar el cuerpo y nos reunimos en torno a un pequeño fuego que apenas tenía brasas; Andreu y Amado llegaron poco mas tarde, cargados de chocolatinas y queso rallado! . desde nuestra llegada a África no habíamos probado el queso, y fue una delicia comerlo como guarnición de los espaguetis. Poco antes de acostarnos, vimos cerca de las tiendas a un facóquero que se acercaba tímidamente a nosotros. Los facóqueros son los jabalíes africanos. Son animales gordos, grandes y patosos en su andar. Pero son también animales peligrosos. Andreu nos dijo que esa noche no debíamos dejar nada que oliese dentro de las tiendas, pues los facóqueros podian entrar durante la noche. Todos los neceseres debían dejarse en el camión , pues la pasta de dientes y los medicamentos desprendían un olor que resultaba atractivo para estos animales.

No tardamos en acostarnos pues hacia demasiado frio como para estar charlando hasta tarde; a media noche me desperté y pude oir a los facóqueros paseando junto a nuestra tienda, pero afortunadamente no paso nada aquella noche. Eso sí, a la mañana siguiente nos dijeron que los rangers habían venido para ahuyentar a los facóqueros, pues había muchos en la zona y podían ser molestos. Yo no me había enterado de nada.

DIA 10. NGORONGORO
Nos levantamos a las cuatro y media de la madrugada. Era todavía noche cerrada, y nuestra única lumbre eran las linternas frontales. Medio dormidos , subimos a los  Land Rovers que nos estaban esperando y nos dirigimos al cráter del Ngorongoro.

El Ngorongoro es un enorme cráter ya inactivo desde hace mucho tiempo de unos veinte kilómetros de diámetro. Desde finales de los años sesenta  es considerado como zona protegida, y debido a los grandes lagos  de agua y a su riqueza en sales minerales, miles de animales habitan en su interior. Lo llaman la octava maravilla del mundo, y también es conocido como el Arca de Noé. Lo cierto es que nada más empezar a bajar por el cráter, uno se queda sin palabras ante semejante belleza. Se llega abajo en pocos minutos, pues la carretera hace mucha pendiente, y el paisaje pasa de ser frondoso y verde en su parte alta a convertirse en una enorme llanura de colores muy variados en la base del cráter. Cebras, búfalos, gacelas, impalas, leones, hienas, flamencos... todas las especies existentes, excepto elefantes y jirafas, cohabitan en el interior del cráter. No todos viven allí permanentemente, pero sí muchos de ellos.

Nuestra primera sorpresa fue la de una cebra que se hallaba a punto de dar a luz. Esperamos unos minutos a ver si teníamos la suerte de verlo, pero la cebra decidió alejarse de nosotros con la placenta colgándole entre sus patas traseras. Poco después vimos hienas: tres hienas tumbadas sobre la hierba, dos de ellas observando como una tercera  rompía con sus fuertes mandíbulas los huesos de alguna animal. La hiena es uno de los animales mas desagradables que hay; hay animales que inspiran temor, otros respeto, pero la hiena no inspira otra cosa que asco y repulsión.  Dice Javier Reverte que la hiena tiene el aspecto de un ser apestado y que “es parecida a un perro que hubiera cometido un gran pecado y hubiera sido condenado a buscar carroña para alimentarse, humillado siempre, mendigando comida de los grandes felinos“. No he encontrado mejor definición para este animal. Las observamos en silencio durante un rato, y proseguimos nuestra ruta. Llegamos entonces a un cruce de caminos, y justo en el centro , yacía un león de costado. Parecía estar muerto, pero en realidad estaba dormido. Quizás acababa de comer y estaba descansando; quizás se trataba de un ejemplar viejo abandonado por su manada; no lo sé, pero el león descansaba placidamente mientras unos tres o cuatro Land Rovers le rodeábamos y observábamos desde muy cerca. De vez en cuando se movía, estirando perezosamente sus enormes patas, pero la cosa no paso de ahí. Ni se inmutó por nuestra presencia.

Llegamos al lago del cráter, y al apagar el motor del camión, el sonido que emitían los centenares, miles de flamencos del lago parecía envolvernos. Era impresionante. Caminaban de un lado a otro, aparentemente sin rumbo fijo, pero lo hacían desfilando con elegancia, unos detrás de otros. Fue quizás el momento mas mágico de nuestra visita al cráter: la belleza del cielo azul, y el lago con todos esos flamencos de tono rosado que impregnaban el paisaje de colorido...

Pasamos las horas que nos quedaban hasta la hora de comer buscando el ejemplar más difícil de hallar: el rinoceronte. En los años sesenta, habitaban el Ngorongoro un centenar de rinocerontes. Actualmente quedan poco mas de una decena, y por esta razón es tan difícil verlos. Nosotros no tuvimos suerte.

Comimos en el mismo cráter en una zona habilitaba para picnic, donde se reúnen todos los turistas y coroneles Tapioca habidos y por haber.  Fue una comida rápida, más pendientes de que las águilas no nos quitasen la comida de las manos que de la comida en sí. 

De vuelta al campamento , en el camión, me invadió de pronto una extraña sensación de nostalgia; dice Javier Reverte que “Africa nos trae, en ocasiones, el olor de la adolescencia, el aire de los ultimos dias estivales empañados por la melancolía de las lluvias”. Esa misma sensación tuve en el camión, y como hacia ya muchos años que no la tenía, me sentí feliz por dentro y me hizo rememorar aquellos dias de adolescencia perdida en la que haciamos de todo un mundo, y cualquier cosa, por pequeña que fuese, se convertía en algo crucial para nuestras vidas. Aquellos días en los que me reunia con mis amigos a finales de verano, consciente de que todo llegaba a su fin y debíamos separarnos un año más, y por esa misma razón tratábamos de pasar unidos el máximo tiempo posible, como si el separarnos significase acelerar el momento de la separación, la llegada del final del verano...

Hicimos noche en Karatu. Ahmmad , Ali e Ismael se habían llevado el camión y nuestras cosas hasta allí, y cuando llegamos a media tarde, el campamento estaba montado. La perspectiva de ducharnos con agua caliente y tener lavabos con taza en lugar de letrinas nos hizo muy felices. Después de ducharnos fuimos al bar del camping y pedimos unas Kilis para beber antes de la cena. Xavi y yo tratamos de comunicar con Juanjo, su amigo de Zanzíbar, pero nos fue imposible.

Ahmmad nos había preparado un bowl repleto de palomitas para picar antes de la cena. Después de cenar, Andreu nos llevó de nuevo al bar y nos dijo que los del camping nos habían preparado un espectáculo: actuaciones con danzas y música africana, contorsionismo y malabarismo. La cosa duró una media hora; estábamos cansados y con ganas de ir a descansar. Acabó la actuación y fueron pasado por el grupo un cuenco para propinas. Habían acabado ya con el primer grupo de mzungus. Nos invitaron cordialmente a dejar libres nuestros asientos para así dar paso a su segunda actuación , esta vez dedicada a unos americanos...

DIA 11. LAGO EYASI Y TRIBU DATOGA
Salimos de Karatu  y en poco tiempo llegamos a otro campamento cercano al Lago Eyasi. Plantamos las tiendas allí, y aprovechamos el tiempo que nos quedaba hasta la hora de comer para lavar algo de ropa sucia. Hacia mucho viento, y la mitad de la ropa que tendíamos volaba al poco rato. También una de las tiendas voló por los aires , e inmediatamente metimos los equipajes en su interior para que pesasen mas.

El peligro de este campamento volvían a ser las hienas, pero en realidad ya no nos preocupaban en absoluto. Tan solo había que ir con cuidado con los restos de comida y eso era todo. Las letrinas estaban al “al fondo a la derecha” y constaban de un agujero en la tierra, el cual era de difícil acceso pues tenias que hacer equilibrios para no caer en su interior y además apestaba de lo lindo. Estaba rodeado por un conjunto de cañas a modo de pared.  Esa noche mi letrina fue el campo.

Después de comer Andreu nos llevó a un pueblo cercano, para visitar el hospital. Debió haber un malentendido, pues Andreu creyó que teníamos interés por verlo, y nosotros pensamos que querría mostrarnos algo interesante, tipo lo de la cooperativa de Mto wa Mbu; pero lo que vimos no tuvo nada que ver con eso. Nos recibió una monja que estaba a cargo del hospital y nos hizo de guía todo el tiempo. Señaló dos furgonetas aparcadas en la entrada y nos dijo que eso eran las dos únicas ambulancias con que contaban. Normalmente los enfermos llegaban por su propio pie, y, en caso de no poder hacerlo, utilizaban el método del boca a boca para que el ambulancia fuese a buscarlos. Evidentemente, no siempre llegan a tiempo, y las más de las veces , poco pueden hacer con ellos, pues no cuentan con las instalaciones ni herramientas adecuadas. Entramos en el interior del hospital, y las miradas de reproche de sus residentes me hicieron sentir sucia. Algunas de sus miradas estaban vacías, te miraban pero era como si no te viesen; otros te seguían a lo largo de la visita, supongo que preguntándose porque demonios queríamos ir hasta allí para verles morir. Yo también me lo pregunté. Cuando Andreu propuso hacer la visita, pensé que nos mostrarían las instalaciones y nada más. Pero la mujer nos hizo entrar en las habitaciones de los enfermos, algunos de ellos moribundos. Imaginé las caras que pondrían los enfermos de nuestro país si de pronto recibiesen la visita de una decena de negros en sus propias habitaciones. Pensé que era de mal gusto, y tras entrar en una de las habitaciones , ya no pude entrar en más. Por cortesía seguí la visita con el resto del grupo, pero ya no escuchaba lo que decía la monja, y apenas me atrevía a levantar la vista del suelo, temiendo cruzarme con la mirada algún enfermo. Supongo que si hubiese visto en la mirada de los enfermos algún signo de alegría, me lo habría tomado de otra forma y hubiese hecho el esfuerzo. Pero estaba claro que lo ultimo que deseaban era tener a un grupo de mzungus curioseando , observando como morían. La visita duró una hora que se convirtió en una agonía. Quizás lo único positivo fue que sirvió para que los enfermeros del grupo tomasen nota del material necesario para el hospital y así enviarlo desde España. Reconozco que fue una experiencia negativa, y aunque tal vez no necesaria, por lo menos nos hizo volver a ver la cara real de Africa. El Africa que agoniza, el Africa que se muere, ese Africa que es tan fácil ignorar cuando uno está solo de paso...

Subimos al camión sumidos en un silencio aplastante. Creo que Andreu se arrepintió de habernos llevado allí, pues no se hallaba en el programa del viaje. Pero también creo que en el fondo deseaba habernos mostrado lo que vimos, un poco para que tomásemos conciencia de la realidad.  Transcurrió un buen rato hasta que pudimos volver a hacer bromas y sonreír, y para entonces habíamos llegado ya a nuestra siguiente parada: el lago Eyasi. 

Un montón de sentimientos contradictorios te abordan en Africa; tan pronto pasas de la felicidad más absoluta ante un paisaje bello, a un enorme sentimiento de culpabilidad cuando piensas en lo que has pagado para ver montones de miseria. Tras la experiencia del hospital, creo que quedé tocada durante el resto del día, y quizas del viaje. El lago Eyasi me devolvió un poquito los ánimos y traté de disfrutar de la larga caminata que hicimos hasta sus orillas. El suelo crujía bajo mis pies, pues estaba cubierto de sal ya seca. A ratos los pies se hundían en una especie de lodo y entonces debíamos acelerar el paso, y finalmente llegamos a sus orillas. Era precioso. El sol que empezaba a esconderse se reflejaba en un agua cristalina que parecía no tener fin, dando una tonalidad muy cálida al paisaje. De pronto un grupo de niños apareció frente a nosotros: “¿Pen? ¿Books?” . Los niños de Africa aparecen siempre de la nada; estás en una llanura inmensa y vacía, y de pronto das media vuelta y un grupo de niños ha aparecido a tu lado como por arte de magia. Nos acompañaron durante el camino de vuelta hasta el camión, y supongo que pasaron un buen rato viendo como nos habíamos quedado encallados en la arena y el camión se esforzaba por salir. Finalmente lo conseguimos.

Era ya de noche y nos dirigimos al poblado de los Datoga. Esa noche íbamos a cenar con ellos. Los Datoga fueron, y todavía se consideran, los grandes enemigos de los Maasai. A primera vista es fácil confundirlos, pues visten con las mismas ropas, y son tan altos como ellos. Los Datoga tienen fama de personas orgullosas, con una reputación de guerreros feroces. Muchos tanzanos los consideran primitivos , por su resistencia al desarrollo. Son polígamos, igual que los Maasai, y la mujer tiene un papel muy fuerte en la sociedad. También , como los Maasai, utilizan los productos de sus animales: la carne, la sangre, la leche, los cuernos, tendones y el estiércol de las vacas. Pero a pesar de sus similitudes con el pueblo Maasai no soportan ser comparados con ellos.

Nos vino a recibir todo el poblado; no eran muchos, y fuimos saludándolos de uno en uno. Los más pequeños también se acercaban a nosotros con curiosidad, y llegó un momento en que no sabía a quién había saludado y a quien no, pues con la oscuridad apenas se distinguían sus rostros. Estuvimos deambulando durante un rato por el poblado, un conjunto de casas construidas, como siempre con cañas y estiércol, hasta que por fin Andreu nos dijo que iban a escoger la cena: una parte del grupo se dirigió hacia el corral del poblado, mientras el resto nos quedamos jugando con los niños. Debíamos elegir una cabra y los Datoga la matarían y cocinarían para nosotros. El proceso fue muy lento, pues por lo visto a Andreu le pusieron problemas a la hora de escoger la cabra. Supongo que querían matar una de las más viejas para los mzungus, y quedarse ellos con las más jóvenes. El caso es que finalmente salieron del corral con una cabra a rastras, y se dispusieron a degollarla. Iñaki, Toni, Ana, Flor , María y yo nos mantuvimos al margen, tapándonos los oídos para no oír los chillidos de agonía del animal. Pero no hubo gritos, tan solo silencio. Andreu hizo los honores , y con una especie de cuchillo afilado se dispuso a degollar a la pobre cabra. Nos dijeron que le costó bastante hasta que, por fin, la sangre manó  a borbotones de la garganta del animal. Nos dijeron que ya había terminado todo, y entonces, solo entonces fui capaz de mirar. La cabra estaba tendida en el suelo , y su cabeza estaba rodeada de un charco de sangre que las mujeres Datoga se encargaban de ir recogiendo para cocinar después. Se dispusieron entonces a abrirla; nos sentamos todos alrededor de la tribu, junto con los niños y el más anciano de los Datoga , y de pronto un hedor brotó de las entrañas del animal al ser abierto en canal, que nos hizo levantar a todos los mzungus sin excepción y tratar de contener las arcadas para no vomitar. A pesar de habernos alejado , el olor persistía y se metía en las fosas nasales, haciendo imposible respirar con normalidad. Poco a poco, fue disipándose y pudimos volver a nuestros asientos. Toni estaba sentada en el interior de una de las manyattas (cabañas), observando a una mujer Datoga que cocinaba la sangre en un pequeño cazo. Me acerque a ellas , y estuve observando durante un rato. La mujer le ofreció a Toni probar un poco de sangre, a lo que Toni se negó; sin embargo seguimos allí, durante un rato, observando en silencio...

Una vez descuartizada, clavaron las diferentes partes de la cabra en palos de madera que pusieron a asar sobre un fuego improvisado. Alrededor de la fogata dispusieron unos bancos de madera para nosotros, y el Datoga más anciano -que resultó ser el jefe de la tribu, y el marido de todas las mujeres del poblado- se sentó en una silla a observar como sus súbditos cocinaban la carne. Nos preguntaron si a alguno de nosotros le apetecería comerse la cabeza , a lo que todos respondimos negativamente. De pronto, nadie parecía tener mucha hambre, y la perspectiva de tener que comer lo que nos estaban cocinando no era muy tentadora. Pero todos teníamos la intención de no hacer un feo y tratar de comer cabra.

En la agencia de viajes, antes de irnos, Roger ya nos había avisado de que el año anterior habían cazado un mono y que después nadie lo había probado. Cuando nos lo dijo, pensé: “Pues vaya tontería, si al fin y al cabo es carne, no se porque no se la iban a comer”. Es muy distinto cuando estás allí, frente a una cabra raquítica que ha agonizado hasta morir y ha sido posteriormente abierta en canal y destripada. Es obvio que la carne que comemos cada día ha pasado por lo mismo, pero no has tenido que verlo. Aquella noche pensé para mis adentros en la posibilidad de hacerme vegetariana, no por razones éticas o morales, sino tan solo por las nauseas que sentí al ver aquel animal descuartizado. Estaba muy cansada, también es verdad, y la espera hasta la hora de cenar se hizo eterna, pues los trozos de carne tardaron mucho en hacerse. El olor que desprendía el poblado, una mezcla de quemado y heces secas, tampoco ayudaba. El caso es que llegó el momento, y los Datoga fueron repartiendo cuencos hechos de cáscara de coco a cada pareja, e iban depositando en su interior la carne que ellos mismos habían troceado con sus sucias manos. Hice de tripas estómago, e introduje un trozo de carne en mi boca. No he probado jamás carne tan seca; no es que estuviera mala, es que no sabía a  nada, pues ni siquiera tenía sal. Miré a los del grupo, y era para troncharse de risa. Todos sonreían beatíficamente, una mano sujetando el cuenco, y la otra un trozo de carne insípido que dudaban de si llevar a la boca. Andreu, sin embargo, estaba sentado en el suelo, disfrutando del manjar como un niño. Carmen y Juan parecían estar disfrutando también, pues se lo comieron todo. Y Alfredo era el rey de la fiesta, repitiendo una y otra vez bajo la mirada recriminadora de su mujer Flor. El resto, probamos un poco y dejamos el resto. Xavi y Ricard les tiraban sus trozos disimuladamente a los perros del poblado, y de vez en cuando pasaba un Datoga con un cubo lleno de carne para que comiésemos más. Al final se cansaron de ofrecernos y cenaron ellos también.

Le preguntamos a Andreu quien era el jefe, y nos señaló al anciano, un hombre de no más de cincuenta años, si es que los tenía, pero en apariencia mucho mayor. Cuando se ponía en pie , apenas podía sostenerse erguido, y era tan alto que impresionaba con su presencia. Queríamos saber su nombre y Andreu se lo preguntó. El hombre de pronto se puso a hablar en un tono muy alto y a decir cosas en swahili imposibles de entender; estuvo largo rato hablando, o gritando, no lo sé, y la cara de Andreu cambiaba por momentos. Cuando le preguntamos lo que había dicho, respondió: “Dice que cómo es posible que vaya a su casa, coma con él y ni siquiera sepa su nombre”. Había en Andreu cierto tono amargo que delataba que no nos había dicho toda la verdad. Sin embargo, no insistimos más en el tema, y nos quedamos sin saber su nombre.

Acabada la cena (o la no- cena, pues casi no probamos bocado), teníamos ya todos ganas de irnos. Debíamos madrugar y se hacía ya muy tarde, estábamos cansados y hambrientos, y lo ultimo que nos apetecía era presenciar un numerito de baile para los mzungus. Precisamente eso era lo que tocaba ahora. Los Datoga cogieron sus lanzas y, frente al fuego empezaron a entonar cantos al tiempo que brincaban cada vez más alto. Jose se unió a ellos con mucho desparpajo, haciéndonos reír a todos con sus payasadas. Incluso los Datoga se partían de risa. Aguantamos un rato más, y finalmente regresamos al campamento.

DIA 12. TRIBU HADZABE Y VUELTA A KARATU
Había dormido muy poco y me levanté hambrienta , pues la noche anterior prácticamente no había comido nada. A las cinco de la mañana nos pusimos en marcha en busca de los Hadzabe. Los Hadzabe , también conocidos como los bosquimanos del este de Africa, son una tribu nómada que vive de la caza y la recolección. Como no viven mucho tiempo en la misma zona, no tienen tiempo de cultivar, y por esa razon las mujeres han aprendidos a encontrar y recoger tubérculos y raíces del suelo, mientras los hombres salen a cazar. Son gente muy bajita y pequeña, y viven al aire libre; su único cobijo es el de un conjunto de ramas o arbustos dispuestos en forma de media luna, y así se protegen del viento. Hacen fuego con sus propias manos, usando la táctica del palito y la piedra y cazan con arcos y flechas que fabrican ellos mismos. Tienen tres o cuatro tipos diferentes de flechas, y en una de ellas introducen en su interior un veneno letal que sacan de las raíces de plantas que conocen muy bien. Son monógamos y visten con pieles o bien con pantalones raídos que supongo adquirirán cuando bajan a los pueblos caminando. Los intentos por parte del gobierno de educarlos han sido vanos; incluso llegaron a raptar a las niñas de los Hadzabe para llevarlas a la escuela y que aprendieran el swahili. Dicen los africanos que educar a un hombre es educar a un individuo, mientras que educar a una mujer es educar a una comunidad. Pero cualquier intento de educación ha sido un fracaso, y las niñas, una vez vuelven a sus casas, olvidan todo lo aprendido y retornan a su antiguo modo de vida. Dice Andreu que a los hadzabe no les queda más que unos quince años de vida, y que entonces se extinguirán, como lo ha hecho casi todo lo auténtico de Africa...

Bajar del camión y hallarse de pronto en medio de la nada con unos seres que viven en condiciones infrahumanas, fue un gran shock para mí. Llegamos a su poblado, y tardamos en verlos, pues los arbustos los camuflaban de nuestra vista. Y cuando por fin les vimos, nuestras miradas fueron atónitas. Como por inercia, puse en marcha la camara de video para filmarles; ni siquiera vi lo que grababa, tan solo grababa. De pronto , me senti avergonzada y una sensación de pudor me invadió. Apagué la cámara y la guardé. No pude grabar más, pues me sentía como si les estuviese robando algo intimo y personal. Me sentía como una extraña invadiendo un espacio totalmente ajeno a mí; me hallaba frente a un grupo de personas que a diferencia del resto de tribus , nos habian ignorado en un principio. Los Datoga, los Maasai nos habian recibido con cantos y celebraciones. Los Hadzabe se limitaron a darnos la mano y a seguir con su rutina, ignorando nuestras miradas como si no existiéramos. Ahora, en Barcelona, cuando veo el video, ni siquiera recuerdo haber estado allí grabando. Jordi no dejaba de alucinar en voz alta, exclamando lo auténtico que era aquello, y que era una pasada. No pude contestarle. Me quedé callada, encerrada en mi misma, tratando de sacar algo positivo de todo aquello , pero no pude. Todo el mundo sabe que en Africa hay pobreza y falta de higiene, y uno se prepara psicológicamente para presenciarlo sin dejarse afectar demasiado por ello. Pero una cosa es ver pobreza – a la que estamos desgraciadamente acostumbrados por la televisión- y la otra es ver un grupo de gente que parecen salidos del Paleolítico Superior. Esta gente no es que fuera pobre, sino primitiva en el más puro sentido de la palabra. Es gente que ha decidido seguir con el mas antiguo sistema de vida, a pesar de conocer que hay otro mundo donde las cosas han cambiado. Para bien o para mal, esta gente ha renunciado a lo moderno, a lo que los europeos llamamos civilización, para seguir con el difícil estilo de vida de la Prehistoria. Y eso me dejó muy afectada. Como dije antes, la visita al hospital me habia dejado algo tocada, y eso, junto al cansancio de los ultimos dias, provocó en mi una sensación de pánico y claustrofobia tal , que pensé que iba a perder los nervios de un momento a otro.

La mayoria del grupo se fue con los hombres a cazar quién sabe qué, y Toni y Ana se quedaron con las mujeres recogiendo frutos y tubérculos. Flor y yo estábamos realmente agotadas, pero aun asi decidimos ir de caza, aunque eso sí, a nuestro ritmo. Y nuestro ritmo era tan lento, que a los pocos minutos habiamos perdido al grupo de vista. Echamos una mirada a nuestro alrededor, y nos dimos cuenta de que todo el paisaje era idéntico, todo repleto de arbustos del mismo tamaño y sin ningún lugar especial al que dirigirse. Así que por miedo a perdernos decidimos dar marcha atrás en linea recta, creyendo que eso era lo que habiamos hecho. El paseo de vuelta al campamento se me hizo eterno, y en ocasiones llegué a pensar que estabamos perdidas. Creo que Flor también lo pensó. Pero seguimos caminado en silencio, cada vez un poco mas rapido, y finalmente llegamos a donde estaban las mujeres. No las vimos , por lo que supusimos que todavía estaban con Toni y Ana, así que Flor y yo subimos al camión y nos estiramos en los asientos. El sol empezaba a caer con fuerza, y el silencio del campo roto tan solo por los cantos de los pajaron consiguieron que entrase en un estado de relajación tal que no tardé en quedarme dormida...

...Me desperté con las risas de unos niños. En el camión no había nadie. Miré a través del toldo que cubría las ventanas del camión y a unos pocos metros estaban Toni y Ana sentados junto a los niños Hadzabe, mientras las mujeres cocinaban. Alí y otro guía se hallaban tumbados sobre unas rocas, tomando el sol; y Flor estaba situada un poco más arriba, sobre un montículo, también estirada. Por un momento pensé en reincorporarme al grupo, pero de pronto me invadió de nuevo esa sensación de agobio y fui incapaz de bajar del camión. Les estuve observando un rato mas, desde la distancia, y frente al silencio envolvente que nos rodeaba me llegó de pronto una sensación de paz. Daba reparo incluso respirar, pues la magia del momento prometía romperse de un momento a otro. Y así, en silencio, desde la distancia, decidí abandonarles con mi mirada y volver a intentar conciliar el sueño.

Pasó más o menos otra hora, y esta vez si que baje del camión. Me acerqué a Alí y me senté a su lado. Tenía ganas de hablar, pero no sabía muy bien de que. Llevábamos ya doce días con él, y prácticamente no habiamos cruzado palabras aparte de las tipicas bromas que haces con los desconocidos para romper el hielo. Alí se incorporó y me preguntó qué me parecía Africa. Y así iniciamos una larguísima conversación acerca de mil temas concernientes a Africa y a sus culturas; me habló de su país , Kenya , de su gobierno y de sus gentes. Me habló de lo mal que estaban y de lo difícil que era encontrar solución a sus problemas; me habló del sida – algo inexistente para los africanos, que sin embargo mueren a centenares por su causa-; me habló de todo y de nada a la vez y entonces me preguntó si yo creía que esos niños, los Hadzabe, podían ser felices. Es muy tipico, muy europeo, decir que las gentes de los paises pobres son felices en la ignorancia. Y por un  momento estuve a punto de responder con esa misma teoria a su pregunta. En cierto modo, siempre lo habia creido asi, quizas porque no me habia parado a pensar lo suficientemente en ello. Sin embargo, le dije a Ali que no creia que fueran felices. Que durante el viaje había visto a niños que sí parecian ser felices, como los de Mto wa Mbu, pero estos no parecían serlo. Estos niños se sorprendian, al igual que los otros, ante una cámara de video, un libro o un bolígrafo, pero su mirada no era la misma. Amado se reía siempre de mí con eso de las miradas, pero lo cierto es que me dejo guiar mucho por ellas, y la mirada de esos críos no reflejaba felicidad ni ilusión, sino más bien hastío. Quizás porque como dijo Ali, estos críos hacen siempre exactamente lo mismo desde que se levantan hasta que van a dormir; no hay nada que les cambie la rutina, ni siquiera saben jugar. Tal vez Alí se había impregnado un poco de ese espiritu europeo y fuera incapaz de ver la felicidad en esos niños. Aunque tal vez tuviese razón...

Llegó el resto del grupo, totalmente exhausto después de una cacería de tres horas en la que no habian conseguido ninguna presa. Supongo que con el dinero que Andreu les había pagado por la intrusión, los Hadzabe podrían comer aquel dia aunque no hubiesen cazado nada. Eso espero.

Subi al camión sin despedirme. No se porque, pero no lo hice. Nunca habia tenido tantas ganas de conocer las tribus de Africa, y sin embargo fui incapaz de entablar ningun tipo de contacto con ellos. El impacto que esta gente me habia causado fue tan fuerte que no supe como reaccionar; todavía ahora no sé si me gustó o no me gustó la visita. Pero lo que si sé es que era algo que debíamos ver.

Hicimos una ultima visita a los Datoga de la noche anterior, pues como no habia luz no pudimos tomar fotos. Supuse que las fotos del poblado estarian incluidas en el precio. Yo tomé dos, “ para amortizar” la visita, y una vez reveladas da la impresión  de que son dos fotos tomadas como por equivocación, sin sentido alguno. Acabamos la visita fotografica y volvimos a Karatu. Ahmmad nos habia vuelto a preparar palomitas, así que después de ducharnos cogimos unas Kilis y fuimos al comedor. Jose nos comentó que Ahmmad habia insinuado algo acerca de si su comida no estaba buena; por lo visto pensaba que no nos gustaba, quizas porque nos servia raciones tan desorbitadas que siempre nos dejábamos algo; el caso es que a modo de agradecimiento le cantamos la canción del Jambo, algo retocada para la ocasión, diciendo que era un gran cocinero y esas cosas, y lo mismo hicimos con Ismael, Alí y Andreu. Una vez acabamos de hacer el mzungu, Ahmmad sacó de la cocina un gran pastel de bizcocho especialmente preparado por el, en honor de Cristina, que hoy cumplía años. Acabamos el pastel, y tras un rato de charla nos fuimos a dormir.

DIA 13. ARUSHA
Nada más llegar a Arusha, montamos las tiendas y nos fuimos al centro a comer. Comimos en el “ Jambo bar” , y después de comer nos separamos y fuimos a hacer las ultimas compras cada uno por su cuenta. Esta vez fuimos al mercadillo Xavi y yo solos, y pusimos en marcha de nuevo nuestra faceta de turistas blanquitos: “Jambo” (hola), “Rafiki price, not mzungu price” ( precio de amigo, no de europeo), etc. Conseguimos unas cuantas telas pintadas a la cera para la familia y amigos, y a las seis de la tarde nos volvimos a reunir con el grupo para ir al camping. Una vez allí, y antes de cenar, preparamos entre todos tres montones de ropa usada para Ismael, Ahmmad y Alí. Andreu nos dijo que en los otros viajes pasaban por unas misiones para dejar aquella ropa que ya no iban a utilizar mas, pero que esta vez era mejor dársela a los cocineros y al conductor, pues tenian niños y les vendría muy bien.

Les dimos la ropa antes de cenar y luego le dimos a Andreu nuestro regalo: unas fantasticas sandalias estilo Maasai  y un libro sobre la historia y cultura del pueblo Hadzabe.

Después de cenar estábamos todos agotados, y a pesar del esfuerzo de Andreu por animar el cotarro, no tardamos en irnos a dormir. Andreu estaba aquella noche eufórico, irreconocible. Tal vez porque el viaje en grupo se acababa ya y por fin podia relajarse; tal vez porque las cosas habian ido bastante bien, y estabamos todos muy contentos con el viaje. Me hubiera gustado ver a Andreu mas a menudo con esa euforia...

DIA 14. ARUSHA- DAR ES SALAAM- ZANZÍBAR
El día anterior Andreu había comprado nuestros billetes de autobús hasta Dar es Salaam, y había pactado con los del bus que nos vendrían a recoger a las cinco y cuarto de la mañana al camping. No lo dijo con mucha seguridad, pues “ en África nunca se sabe”, pero creo que en el fondo tenia la esperanza de que realmente vinieran a buscarnos.

Nos levantamos a las cinco menos cuarto de la madrugada y acabamos de recoger nuestras cosas. La mitad del grupo debía coger el bus, mientras que la otra mitad iría hasta Zanzíbar en avión. Alí se encargaba de llevar hasta el aeropuerto a los del avión, y nosotros quedábamos en manos de los de la parada de autobuses.

5.15 a.m.  El autobús no aparece. Jose y Andreu van hasta la entrada del camping para que el autobús no pase de largo en medio de la oscuridad.

5.30 a.m. Nada. Andreu empieza a inquietarse. Nuestro bus debería salir en dirección a Dar es Salaam a las seis en punto, y todavía no ha aparecido. Cada vez somos mas los que esperamos a la entrada del camping.

5.40 a.m. Andreu decide llevarnos con el resto del grupo en camión. Primero dejaremos a los que cogen el avión, pues les quedan solo cinco minutos de tiempo, y luego nos llevara a la estación de autobuses. Cargamos las mochilas y subimos rápidamente, dejamos atrás el camping y nos dirigimos al centro de Arusha. El grupo que coge el avión se despide rápidamente de nosotros. Nos veremos en Zanzíbar esta misma noche o mañana. Seguimos hasta la parada de autobuses. Llegamos a las seis y cinco , todavía noche cerrada, y nos vemos inmersos en un caos inmenso de camiones y porteadores de maletas y demás trastos. Andreu nos dice que bajo ningún concepto bajemos del camión hasta que el nos lo diga; se aleja y vuelve al cabo de unos minutos para decirnos que nuestro bus ya se ha marchado y que habrá que ir hasta la siguiente parada para cogerlo allí.

Nos ponemos enmarcha y Ali va tan rápido como puede, que no es mucho , pues a pesar de lo temprano que es hay un trafico tremendo. Llegamos a la segunda parada; parece que el bus todavía no ha salido. Andreu nos hace bajar del camión; hay que descargar las mochilas tan rápido como podamos y en cadena. Por fin estamos todos, con nuestras mochilas ,listos para subir al camión y, de pronto... el autobús arranca y se marcha sin nosotros.

Vuelta a cargar todo en el camión. “ La próxima vez tendremos que ser todavía más rápidos”, dice Meritxell con una sonrisa resignada. Apenas nos da tiempo de cargar que el camión se pone en marcha, y Amado y Jose se quedan tirados en las calles de Arusha con sus mochilas sobre sus espaldas y sin saber muy bien que hacer, mientras el camión se aleja. Corren detrás de nosotros, pero no nos pueden alcanzar; de pronto, Ali aminora y por fin pueden subir.

Siguiente parada. Nos apresuramos de nuevo a descargar ( cada vez somos más rápidos), y mientras tanto Andreu cruza unas cuantas palabras con el conductor del autobús. El que se suponía que era nuestro bus ya se ha marchado, pero por un “ precio módico” el conductor de ese autobús nos dejara subir y nos llevará no solo hasta Dar es Salaam, sino hasta el mismo ferry que cogeremos para ir a Zanzíbar, y que sale a las 4.15 de la tarde. Cargamos las bolsas en el bus, y subimos. Andreu sube un momento y antes de despedirse dice:

-        “Sobretodo , cuando paréis en Moshi, que alguno de vosotros baje a vigilar el portaequipajes, pues hay mucha gente y podrían robar las maletas”.- Y como despedida final, agrega: -“Bueno, chicos, que Dios os pille confesados” 

Una frase muy, muy tranquilizadora...

Partimos con el autobús a las siete de la mañana. Poco a poco se ha ido llenando y somos los únicos blancos que viajamos en él. La gente nos mira al principio con curiosidad; al poco rato dejamos de ser el centro de atención y ya no nos sentimos tan incómodos. Pero toda la ilusión que habíamos puesto en este trayecto juntos, se ha ido desvaneciendo poco a poco, victima del cansancio y del estrés por el que acabamos de pasar. No cantamos, no reímos, tan solo nos dejamos llevar por el sueño y al rato casi todos caemos en un estado de sueño profundo, todo lo profundo que puede ser un sueño en un autobús medio destartalado por dentro. 

El conductor había prometido llevarnos hasta el puerto a tiempo para coger el ferry, pero las expectativas no son buenas: Amado ha consultado con su compañero de asiento, un oriundo de África, y le dice que no va a ser posible. El autobús no llegará a tiempo. Discutimos entre nosotros la posibilidad de tenernos que quedar en Dar es Salaam por una noche, al tiempo que vamos engañando a nuestros estómagos con galletitas, patatas fritas y otras porquerías que habíamos comprado para el viaje. Finalmente decidimos en voz alta que si no llegamos a tiempo no importa: dormiremos en Dar. Para nuestros adentros estamos deseando que eso no sea verdad, pero nadie lo dice...

Moshi. Primera parada. Teóricamente tenemos diez minutos para ir al baño y estirar las piernas. La parada de autobús es un autentico caos. “Esto sí que es África”, dice Jose con mucha razón. Multitud de personas amontonadas , yendo de arriba abajo , siempre con prisas y cara de mala leche; aquí el que no corre , vuela, y quien no llora no mama. Las chicas bajamos rápidamente del bus y nos dirigimos hacia los lavabos, pero en medio del caos nos sentimos totalmente perdidas. De pronto, como por arte de magia, se nos acerca una mujer toda trajeada y nos acompaña a los lavabos a paso más que rápido. Esquivamos a la gente como podemos tratando de seguirla, y finalmente llegamos. Dos letreros en Swahili: “hombres” y “mujeres”; el problema es que no sabemos cual es cual. Ana hace uso de sus conocimientos de la lengua y nos señala el letrero correcto. Entramos en una habitación estrecha y apestosa, con tres cuartos aun más pequeños, y hacemos cola esperando a que llegue nuestro turno. El problema es que nuestro turno parece no llegar nunca, pues las mujeres que entran tras nosotras se nos adelantan siempre. Cualquiera les dice algo; no hace falta mas que mirarles a los ojos para ver en su  mirada que aquí los blancos estamos algo discriminados. Finalmente decidimos hacer lo mismo que ellas y pasar por delante de alguien sin miramientos, pues el tiempo apremia y posiblemente el bus salga en un par de minutos. Queda un baño libre, y paso por delante de una mujer que iba a entrar con decisión al baño. No ha pasado nada. Decido pensar que aquí las cosas funcionan así, sin colas, como si todo el mundo pareciese tener miedo a perder su oportunidad de hacer las cosas a su debido tiempo. La próxima vez no esperare tanto y me olvidare de las colas.

El baño, es , con diferencia, lo más cutre que he visto en todo el viaje. Ni siquiera las peores letrinas por las que hemos pasado lo eran tanto. “ Aquí no hay nada!” , le grito a Txell a través de la puerta. Y es cierto. No hay taza de water, ni siquiera un triste agujero en el que orinar.  Tan solo un suelo de azulejo azul, brillante por el liquido que han ido dejando las mujeres que se me habían adelantado. Aquí se orina directamente en el suelo, y no hay cadena para tirar ni agua con el que limpiar. Aquí orinas y te vas , dejando tu regalito al siguiente visitante...

Salimos a toda prisa, todavía abrochándonos los pantalones, y vamos en busca de nuestro autobús. Es imposible encontrarlo , pues todos nos parecen iguales, y hay por lo menos una veintena; gracias a Dios, Isabel recuerda un logo que llevaba el nuestro, y finalmente, haciéndonos hueco entre la gente, conseguimos subir a él. Todavía tenemos tiempo de observar desde dentro la inmensa cantidad de gente amontonada en las calles; parece que el mundo entero se haya concentrado allí. El autobús esta completamente rodeado de vendedores ambulantes con cajas llenas de comida sobre sus cabezas. Esto no es un lugar turístico; aquí no se regatea, y tampoco te agobian de la misma forma que en Arusha; si quieres comprar, bien, y si no también.

Poco antes de partir, sube una chica blanca al autobús. Viene sola y tiene pinta de americana. Con toda tranquilidad , busca un asiento y coloca sus cosas en el portaequipajes que hay encima de los asientos. La miramos todos con curiosidad: “¿Qué hará una chica blanca, tan joven, viajando sola?” Desde la ventana saluda a alguien con la mano, aunque no logramos ver a quién. Se acomoda en su sitio y abre un libro que empieza a leer con pereza. Continuamos el viaje.

Hacemos una segunda parada para comer. Esta vez tenemos quince minutos. Bajamos todos, vamos al baño, y esperamos frente al autobús , en la puerta de un bar. No sabemos si entrar en el bar para coger algo de comida, pero aquí no se puede ser indeciso, pues el tiempo es oro, y perder un minuto pensando es quizás perder el autobús. Nos amontonamos en la entrada del bar, rodeados de centenares de personas que han sido mas decididos que nosotros y están disfrutando de unas deliciosas samosas. Incluso la chica blanca del autobús ha conseguido comprar algunas. La miramos con envidia, y entonces Jose entabla conversación con ella. Por lo visto es americana, y ha estado trabajando cuatro meses en Moshi en una ONG para un programa de prevención del Sida. Mañana vuelve a estados Unidos, y esta noche duerme  en Dar. Le explicamos nuestra situación, y rompe a reír cuando le decimos convencidos que pensamos coger el ferry de las cuatro. Dice que no nos va a ser posible , y que mas vale que vayamos buscando alojamiento en Dar. 

El viaje continua de forma lenta; llueve con intensidad, y el agua entra por las ventanas del autobús. Amado saca un rollo de papel de su bolsa y va repartiendo trozos para tapar los agujeros. Todo el mundo hace uso de lo que puede; papeles, bolsas de plástico. El autobús entero parece una obra de arte con multitud de colores en sus ventanas; estamos aburridos de estar sentados, y el silencio tan solo se rompe para hacer especulaciones sobre nuestras posibilidades de llegar a tiempo al ferry. Las esperanzas se desvanecen poco a poco, a pesar de los esfuerzos de Jose por convencernos de que sí llegaremos. De vez en cuando se levanta del asiento y se va a hablar con el conductor, volviendo con una sonrisa en el rostro y diciendo que el conductor cumplirá con su promesa. Lo que parece una conversación del grupo, acaba siendo tema de debate entre el resto de los pasajeros que parece que hayan hecho apuestas sobre nosotros. Una mujer que esta sentada al lado de la americana nos dice que es imposible llegar, pero que todavía es menos posible que el conductor nos lleve hasta el ferry, pues para llegar hay que atravesar un descampado enorme por el que no se puede circular. Lo mejor es que nada más llegar a dar cojamos todos un taxi hasta el puerto. Por si acaso nos apunta en un trozo de papel la dirección de un pequeño hotel en Dar a buen precio. El compañero de asiento de Amado cambia cada dos por tres de opinión; que si parece que llegaremos a tiempo, que si ahora ya no tenemos tiempo, que si... de pronto , cuando falta ya poco para llegar a Dar, el autobús acelera. Con el corazón en un puño, no hacemos mas que fijar la vista al frente para ver los peligrosos adelantamientos de ultima hora que hace el conductor. Ni intermitentes, ni preferencias de paso, ni líneas discontinuas , ni nada. El hombre adelanta como y cuando le da la gana, y mas de una vez estamos apunto de estrellarnos.

Por fin, Dar es Salaam. Calles sucias, edificios destartalados y de colores gastados por el paso del tiempo y la dejadez. Dar es Salaam me inspira una mezcla de rechazo y atracción, como casi todo en África. Y de pronto, no me parece tan mal pasar una noche allí. El resto del grupo no parece pensar lo mismo, pues se van poniendo nerviosos. Son ya las cuatro, y nos queda un cuarto de hora para coger el ferry y tres paradas más antes de llegar. Ahora todo el mundo esta convencido: no llegamos. Jose habla de nuevo con el conductor, y este de pronto, coge una ruta diferente y se dirige a toda velocidad hacia el puerto, saltándose las paradas que le quedaban por hacer. El resto de pasajeros empieza a ponerse nervioso, pues se esta saltando “sus” paradas, y hablan unos con otros. Le pregunto a la chica americana, que habla algo de Swahili, si están enfadados con nosotros. Dice que no, que tan solo extrañados, pero que no se están quejando...

Por fin vemos el puerto, y un camino de tierra enorme que nos separa de el; el bus, ni corto ni perezoso , atraviesa el camino y en pocos minutos nos deja en el puerto. El acompañante del conductor baja con nosotros, nos ayuda a descargar las maletas en un tiempo record y corre con nosotros a las taquillas del puerto. Por suerte habíamos recogido ya todo el dinero de los billetes y los pasaportes para no perder tiempo después. Son las cuatro y cuarto en punto y el ferry esta ya a punto de partir; mientras Jose se queda sacando los billetes, el resto del grupo corremos hacia el ferry a trompicones , con las maletas sobre nuestros hombros, mientras montones de gente nos observa desde el ferry, medio riéndose de los mzungus. Llegamos por fin a él, y ahora ya solo queda esperar a José. Son las cuatro y veinte, y uno de los hombres del ferry nos dice que le debemos una al capitán , que ha decidido esperarnos. Poco después llega Jose corriendo con los billetes y pasaportes en la mano, y por fin podemos subir.¡ Nos vamos a Zanzíbar!.

Después de una hora y media de trayecto en proa, arribamos por fin a Stone Town, ciudad más importante del archipiélago de Zanzíbar. De nuevo el caos de la gente que va de aquí allá, cargando sus maletas y bolsas como puede. Bajamos del ferry , y allí nos están esperando Freddy y Flor con una amplia sonrisa. Freddy lleva puesto una especie de pareo y parece un nativo , si no fuese por el color de su piel, claro. Nos acompañan al departamento de inmigración, donde nos sellan los pasaportes, y después cogemos un taxi. Nos despedimos de ellos dos, que se van a cenar al puerto, y también del resto del grupo que cogen un taxi hasta el norte de la isla, en Nungwi. Mañana por la mañana subiremos nosotros también. Quedamos tan solo Tono, Iñaki, Amado, Xavi y yo. Entre los cinco cogemos un transport que nos lleve en busca de alojamiento. Pactamos el precio antes de subir, y nos ponemos en marcha. Les pedimos que nos lleven a un par de hoteles que ya habíamos seleccionado antes de llegar, pero no quieren hacerlo. Dicen que nos llevaran a unos que ellos conocen y que están muy bien de precio. Como sabemos que lo dicen porque tienen comisión, les decimos que no, que queremos ir a los nuestros. A regañadientes pactamos que primero nos lleven a uno de los nuestros y luego ya veremos los suyos si no nos gusta.

Así llegamos al Karibu Inn que nos había recomendado Juanjo. Los conductores del transport ( que no se porque razón, son tres) nos dicen que allí no hay sitio, porque lo acaban de comprobar hace unos minutos. Dicen que además es caro y sucio y ... es igual, les decimos, que queremos ir de todas formas. Bajamos Iñaki y yo con uno de los conductores para hacer la inspección. Nos lleva a través de unas callejuelas muy estrechas y de multitud de colores, y finalmente llegamos al hotel. Sí, tienen habitaciones libres, y no, no es caro. Pedimos la llave de una habitación para verla y entramos. Es muy sencilla, pero se ve limpia y eso ya es suficiente. De todas formas decidimos darle una oportunidad al conductor y que nos lleve a uno de los hoteles que él conoce. Subimos de nuevo al transport, y después de una gran vuelta, nos lleva a otro hotel. Iñaki y yo subimos a ver la habitación, que deja mucho que desear. No solo se ve cutre y sucia, sino que además el suelo esta cubierto de moqueta, garantía de que hay pulgas. Bajamos y negamos con la cabeza, con lo que el conductor se pone de mala leche. Subimos de nuevo al transport y les pedimos que nos lleven al Karibu Inn . Insisten en llevarnos a otros hoteles, pero nos negamos rotundamente. De mala gana nos llevan hasta nuestro hotel y descargamos las maletas. Mientras todos hacemos los tramites de registro, Iñaki les paga a los conductores lo pactado, pero por lo visto ahora quieren 1000 chelines más y se enfadan con nosotros al negarnos a dárselos. Después de una acalorada discusión , decidimos pagarles más para que nos dejen en paz.

Después de una ducha de agua caliente, nos reunimos los cinco para ir a cenar al puerto.  A lo largo del puerto de Stone Town, hay una gran hilera de paraditas de comida, donde venden pinchos de pollo, pescado y marisco a un dólar el pincho. En un plato de cartón colocas lo que te quieres comer y en sus cocinas portátiles te lo calientan y te lo llevas para comer en la calle. No solo venden comida; también bebidas de todo tipo (excepto alcohol, pues allí son musulmanes) y el liquido de la caña de azúcar que prensan con una enorme máquina de hierro. Con nuestros platos nos dirigimos a una gran fuente de agua que estaba vacía , donde nos sentamos para comer. De tanto en tanto se nos acercaban los nativos para vender, ofrecer o pedir . Uno de ellos se ofreció a llevar a Xavi y Amado a un lugar donde comprar cervezas. Al rato volvieron ambos con tres cervezas y cara de mala leche, pues el hombre el había intentado sacar mas dinero de la cuenta. Decidimos no entablar conversación con nadie, pues todo el mundo parece querer sacarnos dinero. 

Después de la cena y las cervezas volvimos paseando hasta el hotel, y , exhaustos, nos fuimos a dormir